Hay una pregunta que suelo considerar incómoda, pero necesaria, dentro de la universidad: ¿para qué investigamos si nadie llega a conocer lo que descubrimos? Durante años hemos aprendido a valorar la investigación como una de las grandes responsabilidades de la academia, y con razón. Investigar significa observar un problema, formular preguntas, contrastar nuestras intuiciones y buscar evidencias que permitan comprender mejor la realidad. Es, en cierta forma, renunciar a la comodidad del “yo creo” para asumir la responsabilidad del “los datos muestran”. En comunicación esto resulta especialmente importante: podemos estudiar la desinformación, las nuevas narrativas digitales, el comportamiento de las audiencias, la transformación del periodismo o la influencia de las tecnologías en nuestra manera de relacionarnos. Sin embargo, producir conocimiento es apenas una parte del camino. Yo sostengo que investigar y publicar no deberían entenderse como procesos separados, porque el conocimiento que no circula difícilmente puede transformar aquello que estudia.
He visto cómo en el ámbito universitario una
investigación puede demandar meses e incluso años de esfuerzo. Hay lecturas,
entrevistas, encuestas, análisis, correcciones y muchas horas frente a una
computadora intentando comprender aquello que al principio parecía
incomprensible. Pero después de todo ese recorrido existe el riesgo de que el
resultado termine archivado en una biblioteca, en un repositorio poco
consultado o en alguna carpeta digital cuyo nombre comienza con la peligrosa
palabra “final”. Entonces me pregunto: ¿ese era realmente el destino del
conocimiento? Publicar permite que otras personas conozcan nuestros hallazgos,
los contrasten, los cuestionen y, por supuesto, también los refuten. Y eso
último no debería asustarnos. La investigación científica no crece porque todos
estemos de acuerdo; crece precisamente porque alguien se atreve a revisar lo
que otro afirmó. Publicar también evita repetir esfuerzos, abre nuevas
preguntas y fortalece esa construcción colectiva que caracteriza al conocimiento.
Mi propia experiencia académica me ha confirmado que investigación, docencia y
publicación pueden alimentarse mutuamente: aquello que investigamos puede
regresar al aula convertido en preguntas nuevas y, desde allí, volver a generar
conocimiento.
Ahora bien, también comprendo a quienes advierten que no
todo debe reducirse a publicar por publicar. Esa mirada merece atención. La
presión universitaria por acumular artículos, indicadores, reconocimientos y
evidencias de productividad puede convertir una actividad intelectual en una
carrera estadística. Cuando el número de publicaciones comienza a importar más
que la calidad de las preguntas, algo estamos haciendo mal. Existe además otra
perspectiva: algunos podrían sostener que una investigación ya cumple su
propósito cuando resuelve una necesidad concreta, aunque no termine convertida
en un artículo científico. También tienen parte de razón. Una investigación
aplicada puede mejorar una práctica profesional o ayudar directamente a una
comunidad sin alcanzar una revista académica. Por eso mi defensa de la
publicación no es una defensa de la cantidad ni del currículo lleno de títulos;
es una defensa de la circulación responsable del conocimiento. No necesitamos
producir más textos que nadie lea. Necesitamos producir conocimiento pertinente
y encontrar los caminos adecuados para que llegue hasta quienes pueden
discutirlo, aprovecharlo o transformarlo.
Y aquí aparece una palabra que muchas veces dejamos para
el final: divulgar. Publicar y divulgar no son exactamente lo mismo. Podemos
publicar un magnífico artículo científico y permanecer prácticamente invisibles
para la sociedad. La divulgación exige traducir, explicar, contextualizar y
acercar los resultados sin despojarlos de su rigor. Para quienes venimos de la
comunicación, este desafío debería interpelarnos particularmente. Sabemos que
no basta con tener algo importante que decir: importa cómo lo contamos, a quién
se lo contamos y para qué lo hacemos. Incluso la tradición de los géneros
periodísticos nos recuerda que comunicar puede significar informar, orientar,
entretener y convencer; la relación con quien recibe el mensaje resulta
fundamental. Por eso propongo pensar la producción científica como una cadena
inseparable: investigar, publicar, divulgar y generar impacto. Si alguno de
esos eslabones se rompe, el conocimiento pierde parte de su capacidad
transformadora.
Al final, quizá debamos cambiar la pregunta. En lugar de
preguntarnos solamente “¿qué voy a investigar?”, deberíamos añadir “¿quién
necesita conocer lo que voy a descubrir?”. Esa pequeña diferencia modifica
nuestra manera de entender la universidad. Investigar no puede convertirse en
una conversación entre especialistas encerrados en una habitación académica;
debería ser también una forma de escuchar a la sociedad y devolverle
respuestas, aunque sean provisionales, incómodas o capaces de producir nuevas
preguntas. Yo creo en una universidad que investiga, pero creo todavía más en
una universidad que conversa sobre lo que descubre. Porque investigar es
producir conocimiento; publicar es ponerlo en circulación; divulgar es
acercarlo a las personas y generar impacto es conseguir que ese conocimiento
deje alguna huella. Y tú, cuando termines tu próxima investigación, quizá
deberías preguntarte algo muy sencillo: ¿quieres guardarla o quieres que sirva?
No hay comentarios:
Publicar un comentario