Contenidos que forman, preguntas que transforman

Procatalepsis: hablar mucho, decir poco

 



Hay palabras que llegan antes que las preguntas. Se acomodan frente al micrófono, sonrĆ­en para la fotografĆ­a y responden aquello que nadie ha preguntado todavĆ­a. 

En retórica existe un nombre elegante para esa jugada: procatalepsis, la estrategia de anticipar una objeción para responderle antes de que el interlocutor la formule. En polĆ­tica puede ser una herramienta brillante. El problema comienza cuando la tĆ©cnica reemplaza al pensamiento y el discurso se convierte en un traje bien planchado que, por dentro, no lleva a nadie.

Y eso me preocupa. Porque cuando escucho ciertos discursos políticos, tengo la sensación de que estamos formando candidatos para contestar antes que para pensar, repetir antes que comprender y persuadir antes que conectar. No cuestiono la preparación discursiva; al contrario, creo profundamente en ella. Cuestiono esa peligrosa costumbre de confundir oratoria con memorización y estrategia con una colección de frases diseñadas para sobrevivir al siguiente titular.


La procatalepsis bien utilizada es poderosa: “Usted podrĆ­a decirme que esta propuesta es demasiado costosa; permĆ­tame explicarle cómo vamos a financiarla”. AllĆ­ existe anticipación, argumento y respeto por una duda legĆ­tima del ciudadano. Pero tambiĆ©n existe su versión vacĆ­a: “DirĆ”n que no podemos, pero les demostraremos que sĆ­”. ¿Cómo? ¿CuĆ”ndo? ¿Con quĆ© recursos? ¿Bajo quĆ© prioridades? Silencio. Mucho entusiasmo, poca sustancia.


Yo enseño comunicación y he trabajado la oratoria y el discurso desde las aulas; por eso insisto en algo que quizÔ resulte incómodo: hablar bonito no significa comunicar bien. Mi experiencia profesional y docente ha estado vinculada precisamente con la comunicación y las técnicas de expresión oral y escrita. Y cuanto mÔs estudio la palabra, mÔs convencida estoy de que la verdadera oratoria comienza mucho antes de abrir la boca: empieza cuando existe una idea que merece ser pronunciada.


Alguien podría objetarme y aquí prÔctico precisamente la procatalepsis que un candidato necesita asesores, discursos preparados y entrenamiento para enfrentar entrevistas, debates y escenarios públicos. Por supuesto que sí. La improvisación irresponsable tampoco es una virtud. Gobernar requiere equipos y comunicar también. Una buena asesoría puede ordenar ideas, anticipar preguntas difíciles y evitar que una propuesta compleja termine convertida en confusión.


Pero existe otra perspectiva que tampoco podemos ignorar: la polƭtica contemporƔnea exige mensajes rƔpidos. Las redes sociales premian el fragmento, el video corto, la frase contundente. El candidato sabe que quizƔ tendrƔ treinta segundos para explicar un problema construido durante treinta aƱos. Entonces simplifica. El riesgo aparece cuando simplificar deja de ser hacer comprensible una idea y empieza a significar gobernar sin ideas.


Y ahí pierdes tú, ciudadano. Pierdes cuando recibes consignas en lugar de argumentos. Pierdes cuando una emoción fabricada intenta ocupar el espacio de una propuesta. Pierdes cuando el candidato aprende exactamente dónde mirar, cuÔndo levantar la voz y en qué segundo hacer una pausa, pero no sabe responder qué consecuencias tendrÔ aquello que promete.


Una columna periodística, como recuerda el material que utilizo como referencia, puede informar, orientar, entretener, deleitar y convencer; ademÔs, su estructura y estilo son libres porque la personalidad de quien firma forma parte esencial del género. Yo agregaría que algo parecido debería exigírsele al discurso político: personalidad, sí; persuasión, también; pero acompañadas de contenido.


No quiero candidatos incapaces de usar recursos retóricos. Quiero exactamente lo contrario: polĆ­ticos que comprendan tan bien la palabra que sepan que la retórica sin pensamiento es apenas escenografĆ­a.Porque un discurso polĆ­tico deberĆ­a tener algo de verdad humana. DeberĆ­a doler cuando habla de pobreza, incomodar cuando reconoce errores, explicar cuando propone soluciones y entusiasmar cuando imagina futuro. No necesita lĆ”grimas ensayadas; necesita convicción. AsĆ­ que la próxima vez que escuches a un candidato anticipar tus dudas y responderlas con extraordinaria seguridad, haz algo sencillo: no te quedes con la respuesta.

Pregúntate si detrÔs de esas palabras existe realmente una idea.

Porque la democracia no necesita ciudadanos fascinados por discursos perfectos. Necesita ciudadanos capaces de descubrir cuĆ”ndo una palabra tiene pensamiento, cuĆ”ndo tiene alma… y cuĆ”ndo solamente tiene micrófono.

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