Contenidos que forman, preguntas que transforman

16A: la herida que nos unió como país






Han pasado ya nueve años desde aquella tarde en la que el suelo se abrió y el corazón del Ecuador se estremeció. Era 16 de abril de 2016, y el reloj marcaba las 18h58 cuando un terremoto de 7.8 grados transformó la costa norte del país en un escenario de dolor, polvo y escombros. En apenas segundos, cientos de vidas se apagaron, miles quedaron heridas o sin hogar, y un país entero se enfrentó al silencio más desgarrador: el de la pérdida.


Pero en medio de ese caos, algo más se movió, algo que no fue tectónico, sino humano. Se activó una fuerza invisible que no necesita placas ni magnitudes para hacerse sentir: la solidaridad. Porque sí, el Ecuador tembló. Pero también se levantó. Y lo hizo como solo un pueblo resiliente sabe hacerlo: con las manos extendidas, el corazón dispuesto y la memoria alerta.


Recuerdo ver las imágenes de Pedernales, Manta, Canoa, Jama… lugares que hasta entonces solo conocíamos por su playa o por el ceviche. De pronto, esas ciudades se convirtieron en símbolo de resistencia. La tragedia no discriminó. Derrumbó edificios y certezas, pero también derribó barreras sociales. Porque ahí estaban: médicos y estudiantes, militares y voluntarios, bomberos y vecinos comunes cargando escombros, salvando vidas, cocinando para los que lo habían perdido todo.


En este esfuerzo colectivo, la provincia de Santa Elena no se quedó al margen. Personal de primera respuesta —bomberos, policías, equipos de salud y voluntarios— acudió a las zonas más afectadas con la firme convicción de ayudar. Su presencia, silenciosa pero efectiva, fue testimonio de un compromiso que trasciende fronteras provinciales. A ellos se sumó la Universidad Estatal Península de Santa Elena (UPSE), que movilizó a su comunidad universitaria para recolectar y entregar ayuda humanitaria: alimentos, medicinas, ropa, carpas. Profesores, estudiantes y personal administrativo se convirtieron en un solo equipo dispuesto a tender la mano. Desde los pasillos de las aulas hasta las carreteras que llevaban al desastre, nació una minga de humanidad que aún emociona recordar.


Los centros de acopio desbordaban donaciones. Las radios, los canales, las redes sociales, se transformaron en puentes de ayuda y consuelo. Quito, Guayaquil, Cuenca… todas las ciudades se convirtieron en una sola: la ciudad del abrazo. Y el mundo también lo fue. Brigadas de países hermanos llegaron a ayudarnos a levantar lo que se vino abajo. Fue un momento de dolor, sí, pero también de grandeza humana.


La resiliencia, esa palabra que a veces parece cliché, en esos días tuvo rostro. El rostro de una niña que perdió su casa pero repartía sonrisas. De un pescador que compartía su comida con los rescatistas. De una maestra que, bajo una carpa improvisada, retomaba las clases porque los niños no podían perder también el derecho a aprender. Esa fue y es nuestra gente.


Hoy, casi una década después, ¿Qué hemos aprendido?

El terremoto nos enseñó que la prevención no puede ser postergada. Que no basta con actuar cuando ya todo se ha venido abajo. Que necesitamos educación sísmica en las escuelas, planes de contingencia que se ensayen con la seriedad de quien sabe que la próxima sacudida no es cuestión de si, sino de cuándo. Pero también nos enseñó que la empatía, cuando se activa, se vuelve indetenible. Que somos más fuertes cuando nos reconocemos en el otro. Que ser ecuatoriano es también tender la mano sin preguntar por quién votas, de dónde vienes o a qué Dios le rezas.


Cada 16 de abril no solo debemos encender una vela por los que partieron, sino también encender la memoria. Porque si bien el tiempo ayuda a sanar, no debe borrar. Que no se nos olvide que fuimos capaces de actuar como un solo cuerpo, un solo país. Que el verdadero patrimonio de esta tierra no está solo en su biodiversidad o en su cultura milenaria, sino en su gente.


En un país que a veces parece fracturado por la política, por la inseguridad, por la desesperanza, mirar atrás también puede ser un acto de fe en el futuro. Porque si una vez supimos ser uno, podemos volver a serlo. La tierra tembló, pero no nuestra capacidad de amar. Hoy más que nunca, en tiempos de decisiones difíciles y caminos inciertos, necesitamos recordar que lo esencial no se derrumba.


💬 ¿Dónde estabas tú el 16 de abril de 2016? ¿Qué aprendiste de ese momento? Te leo. La memoria también se construye conversando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario