En este país donde muchos madrugan sin que les paguen la hora extra, hablar de burnout ya no es una moda ni un diagnóstico extranjero. Es una realidad que atraviesa con fuerza las oficinas públicas, los pasillos de los hospitales, las aulas virtuales y los chats de WhatsApp que nunca duermen.
El llamado síndrome del quemado (burnout), reconocido por la Organización Mundial de la Salud como una enfermedad laboral, no es otra cosa que el reflejo de un sistema que exige, pero no cuida. Un sistema donde se valora más al que responde un correo a medianoche que al que pide tiempo para respirar.
Después de la pandemia, las líneas entre casa y oficina se borraron. El comedor se convirtió en escritorio, y la hora de almuerzo en la nueva reunión por Teams. “Estás en línea, ¿puedes atender un momento?” dejó de ser una consulta para convertirse en obligación tácita. Zoom, WhatsApp, correos sin horario, llamadas fuera de jornada... No se trata solo de tecnología, sino de cómo esta se ha usado para empujar a miles de trabajadores al borde del colapso. El servidor público, que ya cargaba con una mochila de responsabilidades históricas y estructurales, ahora también carga con la expectativa de estar siempre disponible.
Pero ¿a qué costo? La salud mental se deteriora en silencio. A veces se manifiesta en insomnio, en ansiedad que aprieta el pecho, en esa fatiga que no se quita ni durmiendo ocho horas. Otras veces, en ausencias no justificadas, en desconexiones emocionales, en discusiones familiares provocadas por el cansancio acumulado. Un estudio del IESS en Tungurahua ya lo advirtió: el agotamiento emocional ha afectado directamente el desempeño de los servidores públicos. ¿Y qué hicimos como sociedad? Celebramos al que no descansa. Al que "se parte en cuatro" como ejemplo de sacrificio. Al que no dice “no puedo más”.
Esa frase, repetida en pasillos, en cargos jerárquicos o en forma de amenaza velada —“si tú no trabajas, otro lo hará”— se ha instalado como una verdad peligrosa. Como si el valor del trabajo público se midiera por reemplazabilidad y no por dignidad. Como si cuidar tu salud mental fuera sinónimo de debilidad, cuando en realidad es un acto de resistencia.
No basta con identificar el problema; urge actuar con políticas humanas que reconozcan al servidor público como una persona, no como una máquina operativa. El primer paso es garantizar el derecho a la desconexión digital. La tecnología no puede seguir siendo un grillete invisible que extiende la jornada más allá de lo razonable. Establecer horarios laborales claros, evitar la sobrecarga funcional y brindar licencias por salud mental sin estigmatización son medidas mínimas, no lujos. El bienestar no debería depender del jefe empático que “comprende”, sino de normativas institucionales que protejan la salud integral de quienes sostienen el Estado con su trabajo cotidiano.
Además, se necesitan liderazgos más humanos, capaces de gestionar desde la empatía y no desde el miedo al reemplazo. Capacitar a quienes dirigen equipos para que promuevan un ambiente saludable es tan urgente como revisar las métricas de desempeño. ¿Cómo medimos productividad si la gente está rota por dentro? También es hora de hablar de reconocimiento: no solo del monetario, sino del simbólico, del institucional, del emocional. Porque cuando se valora el esfuerzo invisible, el compromiso no se desgasta, se fortalece. Cuidar al trabajador público no es solo un acto de justicia laboral, es una inversión en el futuro del país.
El burnout no es una debilidad individual. Es un síntoma colectivo. Y si queremos servicios públicos con rostros humanos, necesitamos empezar por cuidar a quienes los sostienen. No se trata solo de sobrevivir al trabajo. Se trata de vivir con dignidad mientras lo ejercemos.
Porque al final del día, nadie debería sentirse culpable por desconectarse para abrazar a su familia, por apagar el celular a las ocho o por decir “necesito ayuda”. Y si todavía hay quien piensa que si tú no trabajas, otro lo hará… tal vez haya llegado el momento de responder: sí, pero nadie debería hacerlo a costa de su salud y su vida.
¿Te has sentido así alguna vez? Te leo en los comentarios, porque hablar de esto también es empezar a sanar.

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