El Instituto Geográfico Militar (IGM), empezó a imprimir las papeletas de votación para la consulta popular y referéndum, que se realizarán el próximo 16 de noviembre de 2025. Foto: Carlos Granja Medranda
En Ecuador tenemos el extraño talento de volver al inicio sin haber resuelto el medio. Y no es que nos falten ideas, nos falta pausa. Nos falta escucha. Porque si de algo estoy segura es que una Constitución no se escribe a gritos, ni desde redes sociales, ni con la sangre todavía caliente.
En pocos días iremos a las urnas con una consulta que puede abrir la puerta a una asamblea constituyente. Y más allá del resultado —porque aún no sabemos si el sí ganará—, lo urgente es hacernos una pregunta más profunda: ¿estamos listos para escribirnos de nuevo?
Me duele decirlo, pero no lo creo.
Venimos de años de fractura y desconfianza. Lo que pasó en el paro nacional todavía arde en la memoria: carreteras bloqueadas, pueblos incomunicados, vidas perdidas. Pero, más allá de lo visible, lo que se rompió fue la posibilidad de entendernos. La rabia se volvió argumento. La identidad se volvió trinchera. Y cuando eso pasa, lo que sigue no es una Constitución, es un muro.
Mientras tanto, el país se desangra por otros lados. La Costa vive bajo amenaza permanente. Los sicarios y las bandas no solo nos roban la paz, también la fe en el futuro. Y en medio de todo, el campo ecuatoriano sigue igual de olvidado. Según datos recientes, más del 68% de la población indígena vive con necesidades básicas insatisfechas. Y no se trata solo de pobreza: es marginación sistemática. Es no ser parte de la conversación. Es mirar cómo se redactan leyes que nunca te consideran.
Entonces me pregunto: ¿Cómo aspiramos a una Constitución legítima si la mitad del país no se siente parte de este país?
Hay quienes ven la asamblea como una tabla de salvación. Otros, como una trampa política. Ambas posturas se entienden. Pero lo que no podemos permitirnos es repetir el error de siempre: decidir desde el poder, sin mirar abajo. Porque una Constitución escrita entre tecnócratas, ideólogos de escritorio o caudillos con agenda no es nueva. Es la misma de siempre, disfrazada.
Una Constitución real —la que yo quisiera para mi país— debería nacer de la tierra hacia arriba. De las comunas, de los barrios, de las aulas rurales, de las madres solas, de los jóvenes que migran porque aquí no hay cómo soñar. De los pescadores de Anconcito que sienten que el mar ya no les pertenece. De quienes se han quedado sin voz, sin casa o sin fe.
Y para eso se necesita algo más que una elección. Se necesita un proceso de verdad. Largo, honesto y, sobre todo, colectivo.
Yo no estoy en contra de reescribirnos. Estoy en contra de hacerlo mal. De apurarnos. De no mirar lo que duele. Porque si esta nueva Constitución no se construye desde el respeto profundo a nuestras diferencias, desde la integración de los pueblos originarios, los afrodescendientes, la comunidad montuvia, la diversidad de género, los migrantes, los desempleados, los olvidados... entonces no será Constitución. Será panfleto.
Y no podemos darnos ese lujo otra vez. Porque el tiempo, en este Ecuador de urgencias y amenazas, ya no nos sobra.
Así que, si gana el sí, que no sea para imponer un modelo, sino para encontrarnos en uno. Que no sea para borrar al otro, sino para incluirlo. Que sea, por fin, la oportunidad de sentarnos a escribir un país que no dé miedo habitar.
Porque yo sí quiero una nueva Constitución. Pero no como un arma. La quiero como un espejo. Y ojalá tú también.
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