Contenidos que forman, preguntas que transforman

Reencontrarnos con el país: sembrar esperanza donde nos duele


A veces, me pregunto si no estamos caminando como sonámbulos. Cada mañana, repetimos los mismos gestos, respondemos mecánicamente al saludo del vecino, nos escurrimos entre el tráfico o el silencio, según el rincón del país que habitamos. Pero en el fondo, hay una sensación que no se va: una mezcla de pérdida, miedo y desarraigo. Ecuador se nos está deshaciendo entre las manos, y lo peor es que muchos ya lo han asumido como una normalidad irreversible.

Y sin embargo, algo dentro de mí se resiste.

No es solo terquedad. Es también memoria. Como educadora, he sido testigo de lo que significa que alguien descubra que su voz cuenta. Como periodista, he visto cómo una verdad dicha a tiempo puede hacer temblar los cimientos de la indiferencia. Como mujer de esta tierra, me niego a aceptar que la violencia sea paisaje, que la desesperanza sea el aire que respiramos.

Nelsa Curbelo, en una reciente columna, nos recordaba a Viktor Frankl y su búsqueda de sentido aún en los campos de concentración. Me detuve allí. Porque eso es lo que estamos perdiendo como país: el sentido. La capacidad de mirar más allá de las cifras de muertos, de la corrupción repetida, del exilio silencioso. Estamos perdiendo el “para qué”, y cuando eso ocurre, todo lo demás —las elecciones, los discursos, las marchas— se vuelve teatro de sombras.

Algunos creen que la salida está en una nueva constitución. Otros, que todo cambio es una trampa. Yo pienso que, más allá del sí o del no, lo que de verdad nos está haciendo falta es decidir si este país todavía nos importa. Porque cuando algo te importa, luchas por ello. Lo preguntas, lo criticas, lo cuidas. Si nos hemos rendido, entonces ya ni siquiera votamos: apenas marcamos casillas como quien firma una ausencia.

Comprendo el escepticismo. Lo veo en mis estudiantes, lo oigo en los pasillos de la universidad. “¿Para qué estudiar, profe, si igual no hay trabajo?”, me dicen. Y lo entiendo. Pero también les respondo: estudiar es un acto de rebeldía. Pensar críticamente es una forma de resistencia. Amar al país, incluso cuando duele, es la más profunda declaración de esperanza.

¿Y si sembramos esperanza literalmente? Nelsa proponía un bosque por cada víctima. Me parece una idea luminosa. Que cada árbol cuente una historia, que cada sombra abrace una ausencia. Que el país aprenda a hacer duelo sembrando. Yo iría más allá: que en cada escuela se nombre a una víctima, que no se hable de estadísticas, sino de personas. Que el currículo también enseñe a sentir.

Hay quien dirá que estas son ideas románticas. Puede ser. Pero dime tú: ¿no es hora de volver a creer en la ternura como forma de política? ¿No será que lo que nos falta no es un nuevo modelo económico, sino una nueva narrativa, una historia común en la que todos podamos encontrarnos?

No tengo todas las respuestas. Lo que tengo es este impulso de decirte que no todo está perdido. Que aún podemos —y debemos— elegir, decidir, participar. No solo con el voto, sino con la vida misma. Con cada gesto cotidiano que afirma que aún creemos en un Ecuador posible.

Así que no te rindas. No aún. Porque mientras haya quien escriba, quien enseñe, quien abrace, quien siembre, este país todavía tiene sentido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario