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El precio de un “anónimo”: cuando el daño tiene rostro, aunque se oculte


Viktor Frankl sobrevivió a lo indecible. Desde el abismo del campo de concentración, nos enseñó que, incluso en medio del horror, el ser humano puede encontrar sentido. Pero ¿Qué sentido tiene hoy esconderse tras un perfil falso para lanzar piedras digitales? ¿Qué propósito guía al que, desde la oscuridad del anonimato, se dedica a destruir la honra ajena con la frialdad de quien cree no tener nada que perder?


Lo digo con claridad: no hay valentía alguna en la cobardía que se disfraza de anonimato. No hay libertad de expresión cuando lo que se expresa es veneno. En estos tiempos donde una historia falsa puede arruinar una carrera, una mentira viral puede aislar a una persona, o una captura de pantalla manipulada puede borrar décadas de esfuerzo, urge detenernos y pensar. ¿Hasta dónde puede llegar el daño cuando nos deshumanizamos?


He sido testigo —y no una vez— de cómo voces valiosas, comprometidas, han sido silenciadas por campañas de desprestigio organizadas desde perfiles que no tienen rostro, pero sí una clara intención: destruir. ¿Qué motiva a alguien a crear un usuario falso solo para atacar? ¿Frustración, envidia, desahogo, o simplemente el goce de ver caer a otro?


Algunos argumentarán que estos espacios permiten denunciar sin miedo. Y es cierto: el anonimato, en ocasiones, ha sido escudo para voces que no habrían sido escuchadas de otra manera. Pero no confundamos el derecho a protegerse con el abuso de esconderse. No es lo mismo una denuncia sustentada que un chisme disfrazado de “verdad”. No es lo mismo justicia que linchamiento.


La tecnología no tiene moral. Pero nosotros sí. Frankl decía que, incluso en el sufrimiento más profundo, el ser humano tiene la libertad de elegir su actitud. Hoy, ante la facilidad de destruir con un clic, también tenemos la libertad de elegir cómo usamos nuestras palabras. ¿Vamos a construir o a demoler? ¿A levantar el debate o a hundir al otro?


Y tú, que tal vez me lees desde una cuenta real, pero tienes otra en la que “opinas” sin dar la cara, te pregunto: ¿a quién sirves con tus publicaciones? ¿Realmente te sientes mejor después de dañar? ¿Qué sentido tiene tu rabia anónima?


Es hora de volver a mirarnos como humanos, no como objetivos. El mundo ya es suficientemente duro como para que además nos convirtamos en jueces y verdugos virtuales. No podemos permitir que el odio se normalice ni que el daño se viralice. La dignidad, esa palabra tan olvidada en la era de los clics, sigue siendo la base de toda convivencia.


Enfrentemos este tiempo con coraje. El coraje de hablar con nuestro nombre, de discrepar con respeto, de señalar con pruebas. El coraje, en definitiva, de no escondernos detrás de una pantalla para dañar.


Porque, como decía Frankl, el ser humano siempre puede decidir quién quiere ser. Incluso en el infierno, él eligió no convertirse en su enemigo. ¿Y tú? ¿Quién decides ser en esta era digital?

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