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Autismo en Santa Elena: Una deuda silenciosa que urge saldar

 


En Santa Elena, decenas de niños crecen en silencio. No es el silencio de la timidez, ni del juego tranquilo. Es el de una infancia que transcurre sin un diagnóstico, sin respuestas, sin apoyos. Hablamos del autismo, una condición que, según cifras globales, afecta al 1% de la población infantil. Pero en esta provincia costera del Ecuador, ese porcentaje no tiene rostro en las estadísticas oficiales ni eco suficiente en las políticas públicas. Es un tema que persiste en la sombra, aun cuando la ciencia y los derechos humanos insisten en la importancia de mirar, diagnosticar y acompañar a tiempo.

La realidad del Trastorno del Espectro Autista (TEA) en Santa Elena no es nueva, pero sigue siendo poco visibilizada. Ya en 2012, el Consejo Nacional de Discapacidades estimaba mÔs de 800 personas con TEA en la provincia. Hoy, esa cifra podría ser ampliamente superada. Y sin embargo, la detección temprana continúa siendo una excepción, no la regla.

En el Hospital BĆ”sico de Salinas, apenas 57 niƱos de entre 2 y 5 aƱos han sido diagnosticados con autismo. Una cifra que, mĆ”s que tranquilizar, inquieta: ¿y los demĆ”s? ¿CuĆ”ntos niƱos mĆ”s estĆ”n en jardines, en escuelas, o en casa, sin saber por quĆ© el mundo les resulta tan ruidoso, tan hostil, tan difĆ­cil de comprender? ¿CuĆ”ntas madres y padres sienten que algo no estĆ” bien, pero no logran ponerle nombre ni obtener respuestas?

El problema no es la falta de amor ni de interƩs de las familias. Es un sistema que no acompaƱa. Que no mira. Que no escucha.

Los estudios coinciden: mientras mÔs temprano se detecta el autismo, mejores son las oportunidades de desarrollo. Las terapias de estimulación, la orientación educativa, el acompañamiento familiar... todo eso puede marcar la diferencia. Pero en Santa Elena, muchas veces, el diagnóstico llega tarde. Demasiado tarde. Padres que visitan hasta ocho profesionales distintos antes de obtener una respuesta clara. Niños que entran al sistema educativo sin apoyos, expuestos al rechazo o a la incomprensión. Docentes que confunden las señales del espectro con "mala conducta". Y detrÔs de todo esto, familias que se desgastan emocional, económica y físicamente, buscando certezas donde solo reciben dudas.

¿QuĆ© estĆ” fallando? Mucho. Para empezar, la provincia no cuenta con centros pĆŗblicos especializados en neurodesarrollo infantil. Tampoco con suficientes profesionales formados en la detección de TEA. Los pediatras generales —quienes suelen ser el primer contacto con el sistema de salud— muchas veces carecen de herramientas y formación en autismo. Y, mientras tanto, los controles infantiles no incluyen sistemĆ”ticamente indicadores de alerta como la ausencia de lenguaje a los dos aƱos, la escasa interacción o las conductas repetitivas.

Ante la falta de respuesta institucional, proliferan ofertas privadas poco Ć©ticas: diagnósticos exprĆ©s, consultorios improvisados, “fundaciones” que prometen milagros a cambio de altos precios. Se juega con la angustia de los padres, se lucra con la desesperación. Y asĆ­, la atención se vuelve un privilegio, cuando deberĆ­a ser un derecho.

Lo que estÔ en juego no es menor. Cada niño sin diagnóstico es un niño que enfrenta la vida sin herramientas. Es un estudiante que no recibe adaptaciones, un ser humano que, sin quererlo, es excluido de espacios que no entienden sus formas de sentir y expresar. Y cada familia que no encuentra respuestas, vive un duelo prolongado: entre la sospecha y la confirmación, entre la intuición y el diagnóstico que no llega. En ese intermedio, podrían estar haciendo mucho mÔs. Pero no pueden. Porque el sistema no les deja.

Como bien dijo Vladimir Andocilla, presidente de la Asociación de Padres de Personas con Autismo, "no se trata solo de no discriminar, se trata de garantizar derechos". Hablar de detección temprana no es solo un asunto clínico, es una cuestión ética y social. Significa respetar la dignidad de los niños y niñas con TEA. Significa apostar por su autonomía, su aprendizaje, su participación plena en la sociedad.

Desde esta mirada, urge una acción coordinada y sostenida. El Ministerio de Salud debe implementar programas de tamizaje sistemĆ”tico en los primeros aƱos de vida. Debe dotar a los centros de salud de herramientas validadas y formar al personal. No basta con “sensibilizar” cada 2 de abril: hace falta incorporar el autismo como parte del currĆ­culo profesional de mĆ©dicos, docentes y terapeutas. AdemĆ”s, se necesita mĆ”s infraestructura cerca de las comunidades: unidades de diagnóstico e intervención temprana, convenios con instituciones serias, redes de apoyo familiar.

Esta inversión no es un lujo. Es una estrategia inteligente, humana y necesaria. Porque cada dólar destinado a la atención temprana ahorra futuros gastos en salud mental, educación especial o asistencialismo. Pero sobre todo, porque evita sufrimientos innecesarios. Porque honra el derecho a crecer con oportunidades. Porque cuando una comunidad abraza la diversidad, se vuelve mÔs justa, mÔs empÔtica, mÔs rica.

Desde la Ć©tica periodĆ­stica que defendĆ­a Javier DarĆ­o Restrepo —la de la verdad, la dignidad y la responsabilidad social— es fundamental alzar la voz. Contar lo que ocurre sin caer en el drama fĆ”cil, pero sĆ­ con la urgencia que el tema demanda. Cada historia de una madre que lucha por un diagnóstico, de un niƱo que espera ser entendido, de una familia que se siente sola, nos interpela. Nos recuerda que no estamos haciendo lo suficiente. Que mirar para otro lado tambiĆ©n es una forma de violencia.

El autismo no es una tragedia. La tragedia es no detectarlo a tiempo. Y en nuestras manos estĆ” cambiar esta historia. Porque cuando una sociedad garantiza que sus niƱas y niƱos neurodivergentes tengan acceso a salud, educación y respeto, no solo transforma sus vidas: se transforma a sĆ­ misma. Y ese es el tipo de transformación que Santa Elena —y el paĆ­s entero— necesita.

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