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Therian, mascotas y la soledad contemporánea: ¿estamos pidiendo amor a gritos?

 


Te voy a hablar sin rodeos.
El fenómeno therian —jóvenes y adultos que se identifican espiritual o psicológicamente con un animal— no es una simple moda excéntrica de redes sociales. Para mí, es un síntoma. Y cuando una sociedad empieza a expresarse en síntomas, lo sensato no es burlarse, sino escuchar.

He visto cómo esta tendencia se viraliza en TikTok, cómo chicos y chicas confeccionan máscaras de perros, zorros o lobos, cómo hablan de “vidas pasadas” o de una identidad animal más auténtica que la humana. Algunos lo celebran como una exploración legítima del yo; otros lo condenan como una confusión peligrosa. Yo prefiero preguntarme: ¿Qué vacío estamos intentando llenar?

Mi tesis es clara: el auge de los therian y la creciente humanización de las mascotas no son fenómenos aislados; son señales de una sociedad profundamente sola, desconectada y hambrienta de atención y pertenencia.

Mírate alrededor. Cada vez más personas deciden no tener hijos —decisión absolutamente válida— pero vuelcan su afecto, tiempo y recursos en sus mascotas como si fueran sustitutos emocionales. Celebran cumpleaños de mascotas con más producción que las fiestas infantiles de antes. Abren cuentas en redes sociales que tienen más seguidores que periodistas o científicos. No critico el amor por los animales; yo misma he sentido esa ternura limpia que te da un perro al mover la cola o un gato al ronronear. Lo que cuestiono es el desplazamiento.

¿En qué momento la mascota empezó a recibir más atención que el papá o la mamá?
¿En qué momento el perro, el gato el mono tuvo más protagonismo en redes que una noticia sobre pobreza o educación?

Hay quienes argumentan que esto es simplemente evolución cultural. Que las nuevas generaciones priorizan la libertad, el bienestar emocional y que las mascotas ofrecen compañía sin las complejidades de las relaciones humanas. Y tienen razón en algo: las relaciones humanas son complejas. Duelen. Exigen. Confrontan.

Un animal, en cambio, no te cuestiona. No te contradice. No te abandona por una discusión ideológica.

Pero ahí está el punto. Si huyo de lo humano porque lo humano es difícil, ¿no estaré renunciando también a lo que me hace crecer?

Otra perspectiva defiende que el fenómeno therian es una búsqueda identitaria legítima en un mundo que ha ampliado las categorías del yo. Si antes luchábamos por reconocer identidades invisibilizadas —de género, culturales, étnicas—, ¿por qué no aceptar también identidades espirituales ligadas a lo animal? Desde esa mirada, lo therian no sería escapismo, sino autoexploración.

Yo no desestimo esa reflexión. Como docente y como periodista, he aprendido a no reírme de lo que no entiendo. Pero también he aprendido a observar patrones sociales. Y lo que veo es una generación hiperconectada digitalmente y profundamente desconectada emocionalmente. Veo padres más atentos al bienestar del cachorro que al silencio triste de su hijo adolescente. Veo jóvenes que encuentran en la identidad animal una sensación de pertenencia que no hallan en su familia, en su barrio o en su escuela.

Entonces me pregunto —y te pregunto—: ¿será que estamos pidiendo atención de formas cada vez más simbólicas porque nadie nos escucha en lo esencial?

Las redes sociales amplifican aquello que provoca reacción. Un gato disfrazado genera ternura inmediata. Una persona con máscara de lobo genera curiosidad. Pero un ser humano diciendo “me siento solo” genera incomodidad. Y preferimos lo adorable o lo excéntrico antes que enfrentar la fragilidad humana.

No estoy diciendo que amar a una mascota sea incorrecto ni que quienes se identifican como therian estén equivocados. Estoy diciendo que tal vez estamos desplazando nuestras necesidades más profundas hacia espacios donde el dolor es más manejable.

Como mujer ecuatoriana, como profesora, como alguien que ha visto estudiantes llorar en silencio mientras sonríen en Instagram, creo que esto es un llamado de atención. No contra los animales. No contra las identidades emergentes. Sino contra nuestra incapacidad de mirarnos a los ojos.

Tal vez el verdadero desafío no es decidir si tener hijos o mascotas. Ni debatir si lo therian es moda o esencia. El verdadero desafío es preguntarnos qué tan capaces somos de sostener vínculos humanos reales, imperfectos, incómodos y profundamente transformadores.

Yo quiero que reflexiones conmigo:

¿Estamos evolucionando emocionalmente… o estamos anestesiando nuestra soledad con filtros, disfraces y mascotas hiperprotagonistas?

Si esta tendencia es un síntoma, todavía estamos a tiempo de leerlo. Y quizás, solo quizás, la solución no sea menos amor por los animales, sino más humanidad entre nosotros.

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