En Ecuador hemos aprendido a convivir con una extraƱa forma de resurrección: la que ocurre cada vez que un video vuelve a circular en redes sociales, cada vez que una fotografĆa reaparece en una pantalla, cada vez que el algoritmo decide recordarnos una tragedia que nunca terminó de irse. Los asesinados ya no descansan Ćŗnicamente en los cementerios; ahora permanecen atrapados en la memoria digital de un paĆs que consume dolor a la velocidad del desplazamiento de un dedo.
No sƩ en quƩ momento comenzamos a acostumbrarnos.
QuizĆ” fue cuando asesinaron al presentador EfraĆn Ruales en una avenida de
Guayaquil. QuizĆ” cuando encontraron sin vida a MarĆa BelĆ©n Bernal dentro de una
institución llamada precisamente a protegernos. QuizÔ cuando el candidato
presidencial Fernando Villavicencio cayó abatido a pocos dĆas de unas
elecciones. O tal vez cuando las cƔrceles ecuatorianas se transformaron en
escenarios de guerra y los cuerpos mutilados dejaron de ser una excepción para
convertirse en una noticia recurrente.
Recuerdo el dĆa en que asesinaron a Villavicencio. Las imĆ”genes se
multiplicaron en cuestión de minutos. El paĆs entero observó una y otra vez el
momento posterior a los disparos. Lo mismo ocurrió con la muerte de EfraĆn
Ruales, cuyo asesinato paralizó a una sociedad acostumbrada a encontrar refugio
en el entretenimiento. Y quĆ© decir del caso de MarĆa BelĆ©n Bernal, cuya
desaparición y posterior hallazgo expusieron las grietas mÔs profundas de
nuestras instituciones.
Cada tragedia vino acompaƱada de miles de publicaciones, comentarios,
teorĆas, indignación y promesas de justicia. Sin embargo, me pregunto si
realmente aprendimos algo de ellas o si simplemente las consumimos como quien
observa una serie por capĆtulos.
Algunos sostienen que la difusión masiva de estas imÔgenes es necesaria.
Argumentan que mostrar la violencia permite visibilizar problemas
estructurales, exigir respuestas y evitar que las vĆctimas sean olvidadas. No
les falta razón. Muchas investigaciones avanzaron gracias a la presión pública.
Muchas injusticias fueron conocidas porque alguien grabó, compartió y denunció.
Pero existe otra realidad que incomoda. La repetición constante del horror
termina erosionando nuestra sensibilidad. Cuando la muerte aparece todos los
dĆas en la pantalla, deja de sorprender. El impacto inicial se transforma en
costumbre. Y la costumbre es una de las formas mƔs peligrosas de la
indiferencia.
El Ecuador de hoy parece debatirse entre dos extremos igualmente
preocupantes: quienes exigen castigos cada vez mƔs severos y quienes han optado
por normalizar la violencia. Entre ambos extremos se pierde una pregunta
esencial: ¿quĆ© nos estĆ” pasando como sociedad?
No es casual que cada crimen mediƔtico genere una ola de odio, deseos de
venganza y llamados a soluciones inmediatas. Las redes sociales funcionan como
amplificadores emocionales. Premian la reacción impulsiva, no la reflexión. Nos
empujan a responder antes de comprender. A condenar antes de analizar. A sentir
antes de pensar.
Mientras tanto, las verdaderas causas permanecen intactas: el avance del
crimen organizado, la desigualdad, la debilidad institucional, la corrupción y
el abandono de comunidades enteras donde la violencia se ha convertido en una
forma cotidiana de existencia.
Tal vez el problema no sea Ćŗnicamente que vemos demasiadas muertes. Tal vez
el problema es que dejamos de ver a las personas detrƔs de ellas.
Cada nombre que se convierte en tendencia fue una vida completa. TenĆa
sueƱos, afectos, rutinas y proyectos. Sin embargo, internet suele reducirlos al
instante final de su existencia. Los transforma en un video, una fotografĆa o
un hashtag destinado a desaparecer cuando llegue la próxima tragedia.
Por eso creo que el desafĆo de nuestro tiempo no consiste solamente en
combatir la inseguridad. TambiƩn consiste en defender nuestra humanidad frente
a la espectacularización del dolor. Necesitamos recuperar la capacidad de mirar
mÔs allÔ de la sangre, mÔs allÔ de la indignación pasajera y mÔs allÔ del
espectƔculo digital.
Porque cuando un paĆs se acostumbra a contar muertos, corre el riesgo de olvidar cómo defender la vida.
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