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Mentiras con WiFi: la epidemia silenciosa que pone en jaque a la verdad


Te lo digo de frente: no todo lo que ves en internet es verdad. Y aunque parece una frase sacada de un taller escolar, hoy mƔs que nunca, es una advertencia de supervivencia democrƔtica.


Las fake news no son nuevas. Mentiras disfrazadas de verdades siempre han existido. Lo que cambió —y nos tiene al borde del abismo— es la velocidad con la que se propagan, el cinismo con el que se crean y el daƱo real que causan. Hoy, una noticia falsa puede recorrer el mundo en segundos, mientras la verdad aĆŗn estĆ” buscando conexión a internet.


Vivimos en la era de la posverdad, esa etapa donde los hechos objetivos importan menos que las emociones. ¿Te sientes indignado? ¿Asustado? ¿Validado? Entonces no importa si lo que leĆ­ste es cierto o no. Lo compartes. Lo crees. Lo defiendes. Y asĆ­, poco a poco, nos convertimos en cómplices de la desinformación.


El caso de Cambridge Analytica es apenas la punta del iceberg. Usaron nuestros datos —tus gustos, tus miedos, tus bĆŗsquedas— para manipular campaƱas polĆ­ticas en EE.UU., Reino Unido, Brasil, MĆ©xico y quiĆ©n sabe en cuĆ”ntos paĆ­ses mĆ”s. Pero no fue magia. Fue estrategia. PsicologĆ­a. TecnologĆ­a. Una maquinaria que alimenta nuestros sesgos para robarnos algo mĆ”s valioso que la privacidad: el pensamiento crĆ­tico.


SĆ© que hay quienes minimizan el problema. Algunos dicen que “la gente ya no cree en nada”, que “la verdad es relativa”. Otros, mĆ”s peligrosamente, alegan que la censura es peor, y que “cada quien deberĆ­a decir lo que quiera”. Pero ¿QuĆ© ocurre cuando esa libertad se convierte en un arma para manipular elecciones, desprestigiar oponentes, azuzar el odio? ¿Hasta dónde es tolerable la mentira?


Tampoco creo que debamos confiar ciegamente en “los medios tradicionales”. El periodismo tiene deudas pendientes, sĆ­. Pero la solución no es entregarse al caos, sino fortalecer el pensamiento crĆ­tico, la educación mediĆ”tica, el periodismo Ć©tico y la ciudadanĆ­a activa.


Como profesora, me duele ver cómo jóvenes —que deberĆ­an estar aprendiendo a cuestionar el mundo— se tragan noticias falsas con el mismo entusiasmo con el que ven un meme. Y no los culpo. No hemos hecho suficiente para enseƱarles a verificar, a dudar, a discernir. Como sociedad, fallamos si no les damos herramientas para sobrevivir en este ocĆ©ano de desinformación.


Entonces, ¿QuĆ© hacer? Primero, responsabilidad individual. Antes de compartir una noticia escandalosa, pregĆŗntate: ¿la fuente es confiable? ¿hay pruebas? ¿alguien mĆ”s lo ha verificado? Segundo, exigir transparencia en los algoritmos que deciden lo que vemos. ¿Por quĆ© solo me muestran lo que ya pienso? ¿Dónde estĆ”n las voces disidentes? Tercero, apoyar el periodismo que investiga, que se toma su tiempo, que no se deja arrastrar por la inmediatez.


Este no es solo un problema de periodistas o de gobiernos. Es una lucha por el alma de nuestras democracias. Porque sin verdad, no hay diĆ”logo. Sin diĆ”logo, no hay consenso. Y sin consenso, no hay paĆ­s que aguante. No podemos resignarnos a vivir en un mundo donde la mentira tenga mĆ”s alcance que la verdad. Recuperar la confianza, reconstruir el tejido informativo y enseƱar a pensar crĆ­ticamente no es una tarea opcional. Es una urgencia.


Así que la próxima vez que veas una noticia que te haga hervir la sangre, respira. Verifica. Piensa. Y recuerda: la verdad no siempre grita, pero siempre resiste.

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