A veces las grandes transformaciones no anuncian su llegada con discursos de campaña ni reformas constitucionales. A veces se asoman por lo cotidiano, lo que nos atraviesa a todos: un gol que no llega, un vaso de leche que no alcanza, una vicepresidenta que aparece sin ruido, pero con tarea. Ecuador —ese país de contrastes y corajes— está enviando señales. La pregunta es si estamos prestando atención.
La leche y el país que
no se nutre
Este primero de junio sube el precio mínimo de sustentación de la leche en
Ecuador: $0,5043 por litro. Una cifra técnica, sí, pero que esconde una
paradoja brutal. Mientras el gobierno anuncia con orgullo que protege al
productor, miles de campesinos en Santa Elena y otras provincias siguen
vendiendo su leche por $0,30 o menos, sin acceso a centros de acopio, sin
cumplir los estándares que les abrirían las puertas del mercado formal. Y del
otro lado del vaso: niños que apenas consumen 112 litros al año, cuando la OMS
recomienda al menos 160.
En un país donde la desnutrición crónica infantil afecta a uno de cada
cuatro niños, subir el precio de la leche sin asegurar su distribución y
accesibilidad es como servir el desayuno… pero solo a unos pocos. ¿De qué sirve
una política bien escrita si no llega al último rincón?
El fútbol que ya no
grita igual
Barcelona Sporting Club, el ídolo del Astillero, parece atravesar también
su propio desencanto. En 2025, el grito de gol se mezcla con la nostalgia. Las
tribunas ya no se llenan como antes, los títulos se alejan, y la hinchada, esa
que no abandona, empieza a preguntarse si la gloria quedó atrapada en el
YouTube de los 90.
Pero hay algo más profundo. El fútbol —ese otro lenguaje del pueblo—
refleja cómo la identidad colectiva se desgasta cuando se vuelve mercancía. La
gestión deportiva se ha burocratizado, la pasión se ha endeudado, y los
jugadores son exportados antes de hacerse ídolos. El fútbol ecuatoriano, como
la política, necesita más juego limpio, más mística, más sentido de
pertenencia. No solo goles, sino propósito.
El poder callado de
una vicepresidenta
Y en medio del ruido político, aparece una figura silenciosa: María José Pinto.
Designada como vicepresidenta sin haber sido electa, sin bulla mediática, sin
rencillas con el Presidente —al menos por ahora—. Se le han asignado temas
fundamentales: salud mental, primera infancia, educación intercultural. No es
poco. Pero ¿puede hacer mucho?
El poder, cuando se ejerce sin reflectores, puede ser transformador o
irrelevante. Pinto tiene ante sí una oportunidad: hacer del rol
vicepresidencial una plataforma real de incidencia, no un premio de consolación
ni una cuota técnica. El país no necesita más figuras decorativas, sino
liderazgos serenos pero efectivos. Que no hablen por redes sociales, sino con
resultados.
Tres señales, una
misma dirección
Fútbol, leche y poder.
Tres ámbitos distintos, pero profundamente conectados por una verdad incómoda:
Ecuador quiere cambiar. Se cansa del espectáculo sin sustancia, de las cifras
sin impacto, de los discursos sin consecuencia.
Los niños siguen
esperando nutrición. La hinchada, resultados con dignidad. Y la ciudadanía, una
política que sirva y no solo se sirva.
Ojalá no dejemos pasar
estas señales. Porque cuando el país habla desde lo cotidiano, lo mínimo se
vuelve urgente. Y lo urgente, inaplazable.
Soy Paola Cortez, pero
en las aulas me conocen como la profe Pao. Escribo porque creo que la palabra
todavía puede empujar el mundo un poco hacia adelante.

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