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Divorcio no es derrota: es punto y seguido

 


Hace algunas dĆ©cadas, la palabra divorciada pesaba como una cruz. Era sinónimo de fracaso, de pena ajena, de murmuraciones en los pasillos familiares. Una mujer divorciada era vista como alguien que no supo mantener su hogar, una seƱal de alerta en la hoja de vida emocional. Pero los tiempos han cambiado —¡y menos mal que cambiaron! .


Hoy, muchas mujeres divorciadas caminan con la frente en alto, con el alma en paz y una sonrisa que no busca aprobación, sino que nace de una elección profunda: la de elegirse a sí mismas.


A veces me detengo a pensar en cómo la sociedad sigue arrastrando frases dañinas, sin querer, disfrazadas de buena intención. Uy, ya quiero que rehaga su vida, le escuché decir a una amiga en una reunión. Como si una mujer divorciada estuviera rota, incompleta, en pausa. Como si su vida quedara suspendida entre el adiós y la espera de un nuevo sí, acepto.


Lo cierto es que muchas de ellas muchas de nosotras no estamos esperando rehacer nada. Nuestra vida no estĆ” en pausa. EstĆ” en curso. Llena de aprendizajes, nuevas metas, hijos que nos abrazan fuerte, amigas que nos aplauden de pie, y dĆ­as que vuelven a brillar.


Una amiga, que lleva ya cinco aƱos divorciada, lo dijo con una claridad que quiero enmarcar en mi escritorio:


Mi vida estÔ hecha y estoy feliz como estoy. Si en un futuro encuentro a mi compañía idónea, perfecto. Pero si no, no hay problema. Mi vida continúa su rumbo junto a mis hijos.


¡QuĆ© contundente forma de decir: estoy completa!

Y no, no se trata de romantizar el dolor ni de negar que hay duelos. Un divorcio implica pérdidas, rupturas, silencios largos y muchas veces llanto escondido en la almohada. Pero también puede ser una declaración de amor propio. De dignidad. De no conformarse con lo que lastima, con lo que duele mÔs de lo que construye.


Mi madre me enseñó que la fuerza viene de la proyección. Que no se trata de quedarnos en lo que fue, sino de enfocarnos en lo que viene. Y eso es precisamente lo que hacen hoy muchas mujeres: rehacen sus sueños, sus horarios, su paz.


En redes sociales, cientos de mujeres han empezado a contar sus historias de divorcio con humor, con ironĆ­a, con valentĆ­a. Reivindican su estado civil con memes que dicen: Divorciada, feliz y con control remoto solo para mĆ­”, o Me divorciĆ© y no me morĆ­, me descubrĆ­”.


Se han convertido en referentes, en espejos donde otras pueden verse sin culpa. Porque sƭ, la culpa es una de las trampas mƔs crueles que se nos ha puesto a las mujeres. Culpables por decidir, por irnos, por no ser lo que esperaban.


Hoy ya no es raro ver a una mujer decir que no quiere casarse ni tener hijos. Y no porque odie el amor o la maternidad, sino porque ha entendido que su vida no estÔ prediseñada. Que no nació para encajar en moldes ajenos, sino para construirse a sí misma a su manera.


Aprendamos a desaprender lo que nos enseƱaron como normal. Desarmemos la idea de que hay una sola manera correcta de ser mujer. Dejemos de mirar a las divorciadas con lƔstima, como si fueran eternas aspirantes al amor. Y empecemos a verlas como lo que son: mujeres que eligieron vivir en libertad.


Y si algún día, tú que lees esto, pasas por una separación, no permitas que nadie te diga que tu vida estÔ incompleta. EstÔs entera. EstÔs viva. EstÔs reescribiéndote.


La historia que viene tambiƩn puede tener amor, claro. Pero, por, sobre todo, debe tener autenticidad.


Porque como dice otra amiga que admiro profundamente:
Si me divorciƩ no fue porque fracasƩ, sino porque triunfƩ sobre el miedo a quedarme donde ya no era feliz.


A veces el corazón escribe lo que la boca calla… ¿CuĆ”l ha sido tu punto y seguido? Te leo con el alma

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