Columna de reflexión
Hoy despertamos con la noticia que el 2025 preparó: la captura de un presidente por comandos extranjeros en su propio territorio. Lo que ayer era conjetura de redes sociales X, hoy es hecho. Y el hecho, como todos los hechos que legitiman el poder, llega envuelto en el ruido de las bombas y la certeza de quienes siempre supieron que tenían derecho a decidir por otros.
El espectáculo de la intervención
La operación, ejecutada a las 2 AM con la precisión de una opereta hollywoodense, resume nuestra era: un presidente estadounidense anuncia en mayúsculas la captura de otro presidente, como quien publica un trophy en Instagram. Las explosiones en Caracas, Miranda, Aragua y La Guaira no son sólo destrucción de infraestructura militar: son el sonido de una era donde la soberanía nacional ya no se negocia en la OEA, sino que se liquida en prime time.
El gobierno venezolano habla de "agresión criminal y terrorista". Es el lenguaje de quien pierde el monopolio de la fuerza en su propio territorio. Pero ¿qué nombre darle cuando el "terrorismo" lo ejecuta una potencia nuclear con el rostro torvo de la legalidad? ¿Cuál es el criterio para distinguir una invasión de una "operación de paz" cuando ambas dejan cadáveres y cortes de electricidad?
La doctrina que nunca murió
Lo que sucede hoy en Caracas no es anómalo: es la Madre de Todas las Continuidades. Desde la Operación Condor hasta la invasión a Panamá (1989), pasando por el golpe a Allende (1973) y el bloqueo a Cuba (1960-2026), la región ha sido el laboratorio donde Estados Unidos prueba que el derecho internacional es opcional cuando se habla de su "patio trasero". Lo novedoso no es la intervención, sino su descaro: ya no se necesitan proxies, ni siquiera un pretexto épico. Basta con decir "dictador" y el mundo occidental asiente.
La pregunta que deberíamos hacernos, como buenos críticos de nuestra propia memoria, es por qué aceptamos que un país tenga "patio trasero". ¿No es acaso esa metáfora doméstica el origen de todo el mal? El "patio" es donde van los desechos, donde los niños juegan sin derechos, donde el perro puede ladrar y el amo decide cuándo callarlo.
El fracaso de las instituciones regionales
El silencio de la OEA es estruendoso, como siempre. La CELAC murió hace años de su propia vacuidad. La ONU, como en Ucrania, como en Gaza, como en todos los lugares donde el poder no es discutible, emitirá una resolución condenatoria que servirá para envolver pescado en Ginebra. Las instituciones multilaterales no están rotas: funcionan perfectamente para lo que fueron diseñadas - para administrar la impotencia de los débiles.
¿Qué hace falta para que una intervención militar sea ilegítima? ¿Una firma en un papel? ¿Una votación en un organismo que Estados Unidos financia con el 22% de su presupuesto? El derecho internacional, como nos enseñó Carl Schmitt, es el lenguaje de quienes ganan. Hoy, el ganador habla desde Mar-a-Lago.
Los fantasmas de la legitimidad
Una reflexión obliga a la otra. No puedo escribir esta columna sin la voz que me susurra: "Pero Maduro también fue ilegítimo". Sí. Y ahí está la trampa. El autoritarismo interno vacuna contra la agresión externa. Al permitir que un gobernante torpedee las instituciones, el periodismo, el voto, los ciudadanos terminan desprotegidos cuando llega el verdadero monstruo: el que no necesita ni siquiera pretender que te representa.
Pero esa reflexión no debe llevarnos al "y tú más". Es como justificar un asesinato porque la víctima tenía mala hoja de vida. La pregunta es: ¿quién otorga la licencia para intervenir? ¿El grado de democracia de la víctima, medido por quién? ¿O es que acaso la soberanía ya no es un derecho, sino un privilegio que se gana con buena conducta en el tribunal de la prensa occidental?
El costo real: silencio y muerte
Mientras escribo, Caracas tiene cortes de electricidad. Ese es el dato que importa: los hospitales sin luz, los niños sin oxígeno, las madres sin agua. El costo de la "liberación" siempre lo pagan quienes nunca pidieron ser liberados. El show geopolítico tiene precio: más pobreza, más migración, más "estados fallidos" que justificarán la próxima intervención. Es la máquina de matar en bucle que nosotros, los analistas, descriptimos con elegancia para no ensuciarnos las manos con la comprensión de que cada palabra nuestra es también un acto.
Conclusión: el ocaso de la política
La captura de Maduro no es el fin de una era, sino su consumación. Es el día en que la política definitivamente se rindió al espectáculo, donde el presidente es un personaje de reality que puede ser eliminado en temporada final. Venezuela no será "libre" ni "reconstruida". Será lo que siempre fue para el norte: un yacimiento de petróleo con bandera propia, mientras tanto.
La pregunta que nos debemos, como región, es si estamos dispuestos a construir una casa con nuestras propias reglas o seguiremos siendo el patio donde el otro entrena a sus perros. Hoy, el perro ganó. Y el silencio de nuestras élites, de nuestros intelectuales, de nuestros medios que ya preparan titulares sobre la "nueva era", es el ladrido que confirma: aquí, la soberanía murió de entrega.
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