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La violencia que nos habita: cuando las mujeres también cargan el peso del patriarcado

 


Esta imagen muestra mujeres enfrentadas, cargando piedras que pesan más que la propia violencia, nos recuerda algo fundamental: el patriarcado no es solo un enemigo externo. También vive dentro de nosotras, en nuestros juicios, en nuestras renuncias, en nuestra forma de mirar a otras mujeres. Y por eso, el reto más urgente no es cambiar al otro, sino transformarnos primero. Porque solo cuando dejemos de ser las manos que sostienen la piedra, y empecemos a tenderlas para sanar, el ciclo de violencia podrá romperse. Que el espejo no nos asuste. Que nos revele. Y que nos impulse a reconstruirnos, juntas, desde la dignidad y no desde el miedo.


Empecemos...

Cada 72 horas, una mujer es asesinada en Ecuador. No es un titular alarmista, es una estadística cruel que resume el país en el que vivimos. Entre enero y agosto de 2025, 510 mujeres fueron asesinadas. La cifra duele. Pero más que eso: desenmascara una verdad profunda y difícil de aceptar. No basta con mirar al agresor como el “otro”, el enemigo visible. El patriarcado no solo se aloja en los cuerpos de los hombres; también ha echado raíces en nosotras, en nuestras decisiones, nuestros silencios, nuestras complicidades.


Paridad maquillada, política hostil

Ecuador, sobre el papel, se pinta feminista: paridad constitucional, leyes que reconocen el feminicidio, y mujeres ocupando espacios antes vetados. Pero la política sigue siendo un campo de batalla desigual. ONU Mujeres lo ha dicho: desde que una mujer se postula hasta que ejerce su cargo, la violencia es constante. ¿Y lo más desconcertante? A veces, quienes reproducen esta violencia son otras mujeres.

Recuerdo octubre de 2015, cuando legisladoras del oficialismo sancionaron a sus compañeras por proponer la despenalización del aborto en casos de violación. ¿Cómo entender que una mujer en el poder actúe contra los derechos de otras mujeres? No es traición, es programación. Nos enseñaron que ser leal al sistema es sobrevivir. Y en ese acto, nos convertimos —sin quererlo— en custodias del mismo orden que nos aplasta.


El hogar, ese campo minado

La casa, ese lugar que debería ser sinónimo de abrigo, es muchas veces el primer espacio de violencia. Lo revela la estadística: el 76% de las agresiones provienen de parejas o exparejas. Y no hablemos del abuso infantil, donde el monstruo no está debajo de la cama, sino en la misma mesa familiar.

Lo más doloroso es reconocer que muchas veces son las mujeres mayores —madres, abuelas, suegras— quienes justifican o silencian esta violencia. ¿Por crueldad? No. Por miedo. Porque aprendieron que para protegerse, debían proteger el sistema. Así se heredan los mandatos patriarcales: “aguanta, así es el matrimonio”, “no arruines la familia”. Y en cada frase, una niña aprende a callar, una mujer se convence de que su dolor es normal.


Cuando la sororidad se rompe frente al espejo

Sí, también hay violencia entre mujeres. No es comparable con la violencia machista, pero existe. Y es incómodo hablar de ella. En los barrios, las mujeres critican cómo se viste la vecina. En redes, influencer locales desacreditan a quienes denuncian acoso. En comunidades indígenas y afro, las guardianas de prácticas ancestrales a veces perpetúan rituales que hieren. No por ignorancia, sino por desamparo cultural.

¿Es esto culpa de las mujeres? No. Pero sí es nuestra responsabilidad detenernos y pensar: ¿en qué momento comenzamos a repetir las violencias que juramos combatir?


Del papel a la acción

Ecuador tiene uno de los marcos jurídicos más progresistas de América Latina. Pero las leyes no caminan solas. El 1,9% de los agresores sexuales recibe condena. La línea de ayuda “Amiga, ya no estás sola” sobrevive a los tumbos, dependiendo de gobiernos que cambian discursos como se cambian trajes. Se declaran emergencias, mientras se recortan fondos para salud y justicia.

El problema no es la falta de leyes. Es la falta de valentía política para desmontar el poder.


Una revolución desde adentro

No necesitamos más decretos. Necesitamos una revolución íntima. Radical. Cotidiana. Que inicie en cada escuela, con educación emocional para niños, madres y abuelas. Que practique una sororidad crítica, donde podamos apoyarnos sin callar los abusos entre nosotras. Que sea verdaderamente interseccional: porque paridad sin mujeres indígenas, negras y empobrecidas es solo un espejismo.

Y sobre todo, que ponga presupuesto con nombre y apellido: prevención, reparación, justicia.

La no violencia no es la ausencia de golpes. Es la presencia activa de la dignidad. Mientras no hagamos ese duelo colectivo —ese doloroso ejercicio de mirar hacia dentro y ver cómo replicamos lo que nos oprime— seguiremos contando cuerpos en las morgues y leyes en papel sin eco en las calles.

Y tú, que me lees… ¿Qué harás hoy para romper ese ciclo?


Referencias

Estudio sobre violencia política contra mujeres en Ecuador. ONU Mujeres, Instituto de la Democracia, CNE, Fundación Esquel (2019).  

Camacho, G. & Mendoza, C. "La violencia de género contra las mujeres en Ecuador". CEPAL (2011).  

Violencia política | ONU Mujeres – Ecuador. https://ecuador.unwomen.org/es/que-hacemos/liderazgo-y-participacion-politica/violencia-politica  

Políticas públicas contra la violencia de género en Ecuador. Revista Ehquidad (2020).  

Ortiz, P. et al. "La violencia intrafamiliar en el Ecuador como resultado de la emergencia sanitaria". Revista de Derecho Pontificia Universidad Católica del Ecuador (2023).

Puchaicela, F. & Torres, M. "Análisis del marco normativo ecuatoriano sobre violencia de género". INEC (2019).  

Día de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer. Primicias Ecuador (25 noviembre 2025). https://www.primicias.ec/sociedad/dia-eliminacion-violencia-mujer-25noviembre-historia-onu-marchas-110225/ 

 

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