Columna de opinión | Profe Pao
Hoy, 3 de enero de 2026, nos despertamos con la noticia que sacude no solo a Venezuela sino a todo el continente: Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, han sido capturados por el ejército de los Estados Unidos en una operación relámpago de carácter militar. Mientras se escuchaban explosiones en Caracas y se reportaban bombardeos en puntos estratégicos del país, el poder en Venezuela quedó suspendido en el aire, como una respiración contenida en medio de una tormenta.
Como mujer latinoamericana, profesora y periodista, no puedo evitar preguntarme: ¿qué significa esta captura para nosotros, los pueblos del sur? ¿Debemos aplaudir la caída de un autócrata, aún si viene acompañada de la sombra de una intervención extranjera? ¿O deberíamos estremecernos ante la arrogancia imperial que, una vez más, juega al ajedrez con la soberanía de nuestras naciones?
Mi tesis es clara: la captura de Maduro es apenas el prólogo de una nueva incertidumbre. No es, como algunos titulares afirman, la “liberación de Venezuela”, sino un punto de inflexión que debe hacernos reflexionar profundamente sobre la justicia, la soberanía y los peligros del mesianismo militar.
Por un lado, no se puede negar que el régimen de Nicolás Maduro ha sido responsable de una de las más dramáticas crisis humanitarias en América Latina. El éxodo de millones de venezolanos, la inflación descomunal, la represión sistemática de la disidencia, el colapso institucional… son hechos documentados que condenan su gestión. Desde esa perspectiva, su captura podría verse como un acto de justicia largamente esperado. La imagen de un dictador rindiéndose —aunque por la fuerza— puede ser para muchos un símbolo de esperanza.
Pero no nos engañemos. Lo que ocurrió esta madrugada no fue justicia internacional. Fue una intervención militar extranjera liderada por Estados Unidos, bajo el mando del presidente Donald Trump, quien reapareció con esta jugada como una mezcla de redentor y showman. Y aquí es donde la historia se vuelve incómoda. Porque cada vez que Estados Unidos se ha autoproclamado salvador de una democracia latinoamericana, el precio ha sido altísimo: muerte, caos, dependencia.
En el mejor de los casos, lo que venga ahora en Venezuela será una reconstrucción tutelada por potencias extranjeras. En el peor, una guerra civil. La historia reciente de Irak o Libia debería bastarnos para recordar que derrocar un régimen autoritario no garantiza ni paz, ni democracia, ni bienestar. Más bien, suele abrir la puerta al desgobierno y al saqueo de los recursos nacionales.
Algunos analistas celebran el “fin del chavismo” como una victoria de la libertad. Otros, más cautos, advierten que esto podría ser el inicio de un conflicto mayor, de un reacomodo geopolítico donde los venezolanos vuelvan a quedar atrapados entre bandos que no los representan. En ese espejo debemos mirarnos también nosotros, los ecuatorianos, los latinoamericanos todos. Porque si algo hemos aprendido en nuestra historia es que cuando el poder se juega entre espadas foráneas, el pueblo siempre paga la cuenta.
Lo que necesita Venezuela no es un héroe armado ni un salvador imperial, sino justicia verdadera, diálogo y un proyecto político que nazca desde su gente. No hay democracia posible si no se construye desde adentro, desde abajo. Y tampoco hay paz si los pueblos no tienen la libertad de decidir su destino sin la bota ajena marcando el paso.
Hoy más que nunca, te invito a reflexionar: ¿quién reconstruye un país luego de que las bombas caen? ¿Quién cuida de los huérfanos, de los desplazados, de la memoria? Que no nos deslumbren los titulares ni los discursos de poder. Que seamos capaces de ver el fondo del asunto: la dignidad de los pueblos no puede ser un botín de guerra.
Y tú, ¿qué piensas? ¿Fue esta una victoria o el inicio de un nuevo desastre?
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