Aféresis: lo que se cae al principio
Santa Elena es una tierra donde el lenguaje se mezcla con el cariño y la cercanía. Es normal escuchar en los portales: Nando, trae la moto, Lupe, prepara el ceviche, Toño, vamos al malecón. Aquí no decimos Fernando, Guadalupe o Antonio en la charla cotidiana. La aféresis, que es cuando le quitamos el principio a la palabra, está viva y coleando en nuestros afectos.
Pero también lo vemos en las palabras que heredamos de otras lenguas o del latín: ciencia, que viene de scientia; bodega, que vino de apotheca. Pocas veces nos detenemos a pensar en que esas palabras han viajado siglos y lenguas, y que en su viaje se fueron despojando de partes para adaptarse a cómo hablamos hoy.
Síncopa: el corte en medio
Aquí en la península somos de hablar rápido, concreto, con ritmo costeño. Por eso la síncopa —que elimina sonidos en el medio de las palabras— es casi natural. Nadie en Santa Elena dice natividad: es Navidad; no decimos oculus: decimos ojo. Lo mismo pasa con tabla o caldo.
Y si escuchamos las formas verbales del día a día —tendré, cabrás, habrá— también estamos viendo la síncopa en acción. Es un idioma que se acomoda para no complicarnos la vida.
Apócope: lo que se queda corto
Pero si un fenómeno reina en nuestro hablar costeño, es la apócope. El recorte final es casi parte de la idiosincrasia local. Vamos en la moto, pásame la tele, sacamos la foto, llevo a los peques al cole.
Y por supuesto, los nombres propios: Gaby, Dani, Rafa, Tere, Fer, Rober, Isra. Las familias peninsulares —y lo sé bien porque me toca vivirlo en mis propias clases y en las actividades comunitarias— usan estos diminutivos no solo para abreviar, sino para marcar cercanía. Decir Fer es distinto a decir Fernando: hay afecto, hay vínculo.
Aquí incluso creamos apócopes propios, formas que a veces no se usan igual en Quito o en Cuenca. ¿Quién no ha escuchado en nuestras calles un Ale, un Isra o un Rober? Es un lenguaje con ritmo de mar, con la calidez del trato informal y directo que caracteriza a los peninsulares.
Más que letras: identidad
¿Por qué traigo este tema a esta columna? Porque el lenguaje no es solo técnica, es también identidad cultural. En Santa Elena, nuestra forma de hablar refleja cómo vivimos, cómo nos relacionamos, cómo entendemos el tiempo y el espacio.
Cada vez que un pescador dice Toño, vamos ya, o una madre grita Fer, la comida está lista, está aplicando —sin saberlo— un proceso lingüístico milenario. Pero, sobre todo, está usando un lenguaje que es nuestro, adaptado a nuestra realidad.
Los metaplasmos no son meros caprichos fonéticos. Son la prueba de que el idioma es un río que fluye. Y aquí, en la provincia, ese río lleva acento propio, sabor a mar, y la música de nuestras calles. Así que la próxima vez que acorte una palabra, no piense que es un error. Es más bien un pequeño acto de resistencia cultural, una muestra de que el idioma vive, respira y se hace nuestro.
Eso sí: mientras celebramos la riqueza de nuestro hablar peninsular, también es importante recordar el valor de la formación lingüística. Porque si bien estos procesos de cambio —aféresis, síncopa, apócope— son naturales y reflejan nuestra identidad, no debemos dejar que el uso excesivo o descontrolado lleve a una pérdida innecesaria de palabras y matices. La lengua es un puente entre generaciones y territorios, y cada palabra que se pierde es un hilo que se corta en ese tejido. Por eso, educar en el uso consciente de nuestro idioma —sin purismos, pero con amor por su riqueza— es parte de formar ciudadanos críticos y orgullosos de su cultura. En Santa Elena, donde convivimos tradición y modernidad, esa tarea es más necesaria que nunca.
Las palabras que usamos
también cuentan nuestra historia. ¿Te animas a compartir qué palabras, nombres
o expresiones típicas usas en casa o en tu comunidad? ¡Te leo en los
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