En la polĆtica, como en la vida, no basta con hablar fuerte: hay que saber a quiĆ©n se le habla, con quĆ© palabras, en quĆ© tono, y sobre todo… desde dónde. La reciĆ©n nombrada vocera del Gobierno ecuatoriano, Carolina Jaramillo, debutó con cinco anuncios contundentes: nuevas tarifas elĆ©ctricas, apertura del catastro minero, eliminación parcial de subsidios y auditorĆas en empresas pĆŗblicas. Todo muy tĆ©cnico, muy racional, muy bien empacado. Y sin embargo, algo no encaja.
Porque comunicar desde el poder no es lo mismo que comunicar con el paĆs.
La vocera —profesional, elocuente y con una hoja de vida que recorre casi todos los gobiernos recientes— representa un cambio en la estrategia de Carondelet: pasar del discurso improvisado a la vocerĆa centralizada. Es una seƱal de orden comunicacional. Pero tambiĆ©n es una alerta: si todo se dice desde el centro, ¿QuĆ© queda en la periferia?
En Santa Elena, por ejemplo, pocos saben quiĆ©n es Carolina Jaramillo. Pero todos se enteraron del aumento en la tarifa de luz. Y cuando preguntaron por quĆ©, nadie les explicó nada. Porque la vocerĆa, en teorĆa, informa… pero en la prĆ”ctica, no siempre alcanza. Porque una voz fuerte en Quito no resuena igual en la costa rural, en los barrios populares, en los mercados o en las cooperativas.
Y eso es lo que mĆ”s me preocupa: que la vocera hable… y no se escuche. O peor aĆŗn, que no se entienda.
No se trata de descalificar su perfil ni sus intenciones. Al contrario: es valioso que Ecuador intente institucionalizar la comunicación polĆtica. Pero si el estilo es tecnocrĆ”tico, jerĆ”rquico y distante, corre el riesgo de volverse solo un eco dentro del palacio.
Una vocera del siglo XXI no puede hablar solo con cifras. Tiene que hablar tambiĆ©n con humanidad. No puede limitarse a explicar polĆticas pĆŗblicas: tiene que construir puentes entre las decisiones del poder y las emociones del pueblo. Y eso no se logra solo con micrófono. Se logra con territorio, con escucha activa, con pedagogĆa.
AdemĆ”s, el rol de vocera implica algo mĆ”s que vocación institucional: exige Ć©tica comunicacional. Carolina Jaramillo llega con antecedentes complejos: vĆnculos con gobiernos anteriores, tensiones con la prensa y un historial digital poco amable. ¿Puede una vocera llevarse mal con una parte de los medios y aĆŗn asĆ hacer bien su trabajo? SĆ… pero solo si es honesta, plural y capaz de dejar atrĆ”s el ego.
Porque comunicar desde el poder no es lanzar anuncios. Es sembrar confianza. Y eso, en tiempos de crispación, es lo mĆ”s difĆcil.
En el aula, cuando hablamos de educomunicación, suelo decirles a mis estudiantes que no basta con informar; hay que formar. Y el Gobierno, si quiere realmente conectar con la ciudadanĆa, debe recordar eso: que detrĆ”s de cada dato hay una vida, detrĆ”s de cada tarifa hay una familia, detrĆ”s de cada vocerĆa… hay un paĆs.
Una vocera puede ser la voz del poder. Pero el poder real, el que cambia cosas, es cuando esa voz se convierte en eco del pueblo.
Y tĆŗ, ¿QuĆ© piensas?
¿Te sientes representado cuando alguien habla en nombre del gobierno?
š¬ Te leo. Porque en este paĆs, tu opinión tambiĆ©n cuenta.
— La Profe Pao
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