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¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar por una medalla olímpica?



Desde que vi la serie Olympo en Netflix, no he dejado de pensar en esa pregunta. Esta producción no solo retrata el esfuerzo físico titánico de los atletas, sino también la brutal carga emocional, mental y hasta ética que deben cargar para alcanzar la gloria. Olympo no es una serie sobre victorias; es una serie sobre sacrificios, sobre heridas abiertas y sobre decisiones que a veces te dejan más vacío que el podio más alto.

 

Lo que nos muestra Netflix es apenas una pincelada de lo que viven los atletas élite: años de entrenamiento en centros de alto rendimiento, presión de patrocinadores, expectativas familiares, sacrificios personales. Y, sin embargo, poco se habla del precio humano: depresiones post competencia, traumas por la sobreexigencia, tentaciones como el dopaje —escándalo que atraviesa toda la serie— y la manipulación emocional para alcanzar ese anhelado metal colgado al cuello.

 

Y es ahí donde hay que poner el foco en los patrocinadores. Marcas que invierten millones en convertir atletas en imágenes, no en personas. En Olympo, la firma Omlypo —que financia a los deportistas— no solo ofrece dinero, sino también control, visibilidad y presión. Como señala una crítica, “representantes de la marca llegan para repartir contratos… pero usan tácticas manipuladoras para reclutar y controlar a los atletas”. Cuando una medalla no llega, muchas veces también se va el respaldo. ¿Dónde queda el atleta cuando deja de ser rentable?


Tampoco podemos dejar fuera a quienes dirigen los centros de alto rendimiento. En Olympo, las autoridades de la academia Pirineos ejercen un control férreo, y se promociona una cultura basada en la máxima exigencia, rutinaria marginación del sentido humano y normalización de abusos físicos y emocionales. A decir de una crónica, “el cine y el deporte perdieron el norte”, revelando un entorno donde la línea entre ambición legítima y autodestrucción se vuelve difusa.


Desde la crítica especializada hay consenso en que la ambientación estética es poderosa, con cuerpos perfectamente esculpidos que resaltan en cada escena —incluso hasta volverse fetichistas en primeros planos y cámara lenta— y escenas explícitas que generaron tensión entre espectadores, algunos entusiasmados y otros alarmados. Sin embargo, varios críticos apuntan a que la trama podría tener mayor profundidad. Según Decider, “la serie necesita apretar su guion para ser más que cuerpos en movimiento, deportivos o sexuales”. Otros, como LeisureByte, la tildan de personaje poco racionales y relato superficial.


En Reddit, una usuaria señala:“It’s eight chapters of stress because the characters are softer than bread… Olympo es casi mafia rusa, cuando es una copia de Adidas”. Ese comentario refleja una tensión central: la serie mezcla intriga, erotismo y crítica social, pero a veces sin el desarrollo moral que permita empatizar con los protagonistas.


Se defiende también que Olympo es adictiva; en Rotten Tomatoes se describe como “un verano inesperadamente vívido, lleno de giros”. Desde Loud And Clear Reviews destacan cómo, a partir del núcleo de dopaje y patrocinio, la trama cobra fuerza hacia el final. Y desde The Daily Beast, Roque emerge como un personaje con mayor riqueza emocional, explorando identidad, sexualidad y presión social.


Como profesora, comunicadora y ciudadana, creo que Olympo es una oportunidad para repensar el sistema deportivo. No basta con más controles antidopaje; es imprescindible reconstruir los valores de los centros de alto rendimiento y las relaciones con los patrocinadores. La gloria no debe significar perder la dignidad.


Esta serie merece ser discutida en aulas, medios y hogares. No como una denuncia amarga, pero sí como un espejo que refleja la delgada línea entre el éxito y la autodestrucción. Tú, que lees esto, ¿Qué tanto estarías dispuesto a sacrificar por un sueño? Y, sobre todo, ¿vale la pena si al final no puedes verte al espejo con orgullo?

 

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