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El baño que limpia el alma




En Salinas, donde el horizonte se funde con el mar y la brisa salada se cuela entre los recuerdos, hay noches que no son solo noches. Hay madrugadas que son portales. Y si alguna vez ha sentido que la vida necesita un reseteo, una tregua, un acto simple pero cargado de simbolismo, quizás debería mirar hacia la playa la noche del 23 de junio.


El Baño de San Juan no es, como algunos insisten en reducirlo, una simple costumbre “costeña” más. Es un acto profundamente humano, casi ancestral, donde la fe, la magia y la tradición se dan la mano en la arena. Y digo magia sin miedo, porque en tiempos donde todo exige explicación científica y pruebas irrefutables, todavía nos permitimos creer en lo invisible, en lo inexplicable, en eso que solo se siente.


Esa noche, hombres, mujeres, niños y adultos mayores visten de blanco, como quien se prepara para la ceremonia más íntima. Porque lo es. Cada prenda, cada paso hacia la orilla tiene un propósito: dejar atrás lo que pesa, lo que duele, lo que ya no sirve. Se acercan al mar no como turistas, sino como creyentes, como almas que buscan renovar su suerte y su espíritu.


A medianoche exacta, cuando el reloj marca el inicio del día de San Juan Bautista, las personas se sumergen en el océano, dándole la espalda a las olas. Hay quienes dirán que es superstición, otros lo llaman tradición; yo lo veo como un acto de resistencia espiritual. En un mundo cada vez más incrédulo, más apresurado, más cínico, aún existe ese momento donde el agua y la fe lavan las heridas que no se ven.



Dicen que el baño trae buena suerte. Que limpia el cuerpo, pero sobre todo, el alma. Que las penas se quedan en el mar y uno sale distinto, aunque el espejo diga lo contrario. Y, sinceramente, ¿Quién no necesita de vez en cuando creer que puede empezar de nuevo? El agua como símbolo de vida, de renacimiento, no es una invención salinense; es un lenguaje universal. Desde tiempos remotos, los pueblos han encontrado en los ríos, en las lagunas, en los mares, ese escenario propicio para los ritos de purificación.


Pero lo que ocurre en Salinas, bajo la luna y el eco de las olas, tiene un sabor especial. Es la mezcla perfecta entre lo sagrado y lo cotidiano. Porque aquí no hay grandes templos, ni discursos altisonantes. Hay arena, agua y un cielo estrellado que observa en silencio.


Mientras algunos se sumergen con timidez, otros lo hacen con la convicción de quien lleva años repitiendo el ritual. Padres que enseñan a sus hijos, abuelas que susurran oraciones, parejas que se toman de la mano, adolescentes que ríen, incrédulos que por si acaso, también entran al agua. Y ahí está la verdadera magia: no importa si cree en San Juan, en los astros, en Dios o simplemente en la fuerza del mar. Lo importante es permitirse ese acto simbólico de soltar y comenzar.


Me pregunto cuántas ciudades del mundo pueden presumir de un ritual tan sencillo y, al mismo tiempo, tan cargado de significado. Cuántas playas se convierten, por una noche, en templos al aire libre donde la fe se viste de blanco y la esperanza se moja los pies.


Ojalá no perdamos esa costumbre. Ojalá entendamos que más allá del folclor o la fotografía para redes sociales, el Baño de San Juan es un recordatorio de que, a pesar de todo, siempre hay espacio para la fe, la renovación y, por qué no, para la magia.

Y tú, ¿Cómo vives el 23 de junio? ¿También te sumerges en el mar? ¿Tienes algún ritual que no puede faltar esa noche?

Te leo en los comentarios, porque las tradiciones se sienten… pero también se comparten.

Nos vemos en la orilla.

Mira este video: https://youtu.be/O5NpVb6QaKM?si=2V1AxPaqGVY3Z9QI

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