A veces, el aula no alcanza.
No hay plan de clase que contenga la angustia. No hay pedagogía que prepare para ver caer a una estudiante entre ensayos, para correr al grito de las balas, para abrazar el cuerpo tembloroso de una compañera herida. A veces, enseñar duele. Enseñar duele cuando el miedo irrumpe en los patios, cuando el terror le pone punto final a una vida que se preparaba para exponer una presentación. Duele cuando un vientre de 27 semanas es perforado por una historia que no se escribió en ningún libro… y un hijo no alcanza a nacer.
La tarde del 16 de mayo no fue una más en la Universidad Estatal Península de Santa Elena (UPSE). Fue el día en que la violencia cruzó el umbral de la institución, no como concepto académico, sino como herida abierta. Un ataque armado segó la vida de Josué Cochea, vendedor informal que, al intentar huir por su vida, fue abatido a balazos. Con lo último que le quedaba de aliento, logró ingresar al campus, donde la escena fue devastadora: murió sentado, justo debajo del mural que proclama la misión institucional de la UPSE. Durante ese mismo hecho, Daniela Figueroa y Mónica Limones, ambas estudiantes de la Facultad de Educación, fueron impactadas con disparos en la cabeza. Daniela acababa de salir de ensayar una coreografía para una actividad académica. Mónica, con 27 semanas de embarazo, fue intervenida de urgencia. Su bebé no sobrevivió. Ella aún lucha por su vida.
¿Quién responde por esto? ¿A quién se le reclama el silencio con olor a pólvora? ¿Quién escribe la crónica del miedo, cuando la salida del aula de clase se vuelve zona de guerra?
Hay quienes dirán que fue "una bala perdida". Como si la muerte pudiera extraviarse. Como si el futuro que Daniela llevaba en sus apuntes y el que Mónica gestaba en su vientre fueran daños colaterales. No. No lo son. Son consecuencias directas de una violencia que ha dejado de distinguir espacios, que ha invadido hasta los escenarios más nobles, que atraviesa a los más vulnerables —los que venden en la calle, las que estudian con esfuerzo— sin preguntar si sueñan, si aman, si tienen a alguien esperándoles en casa.
A veces, el periodismo convierte estos hechos en cifras. Víctima 70. Víctima 71. Como si al numerarlos, se deshumanizaran. Pero no. Daniela tenía nombre, tenía voz, tenía vocación de maestra. Mónica tiene historia, tiene heridas, y un duelo que comenzó sin haber terminado de gestar la vida. Josué tenía dignidad, aunque su trabajo no usara escritorio.
Nos debemos una conversación colectiva. Como docentes. Como estudiantes. Como sociedad. Porque si la universidad no es un espacio seguro, ¿Qué nos queda? Si educar no es también cuidar, ¿entonces qué estamos haciendo?
Hoy escribo no desde la tinta ordenada de una libreta, sino desde el temblor de una indignación compartida. Escribo porque no quiero que Daniela sea un número más, ni que Mónica sea olvido. Porque la universidad no puede ser solo teoría. Tiene que ser también humanidad.
Enseñar es nombrar lo que duele. Es denunciar lo que mata. Es abrazar a quienes se quedan rotas y, aun así, siguen.
No eran balas perdidas… eran vidas que estaban encontrando su camino.
— La profe Pao

No hay comentarios:
Publicar un comentario