No vengo a dar un discurso. Vengo a decir una verdad que se nos escapa entre la rutina y la urgencia: las madres fueron, son y seguirán siendo nuestras primeras líderes. No hablo de las que aparecen en portadas o rankings de poder. Hablo de las que guían desde el silencio, organizan sin aplausos, y aman con una visión que no necesita validación.
Y aquí también hago una pausa. Porque madre no es solo quien dio a luz. Es también quien eligió cuidar, acompañar, criar, sostener. Quien asumió el rol —sin biología, pero con amor incondicional— de formar vidas. Las tías, las abuelas, las madrinas, las hermanas mayores, las amigas del alma, las mujeres que, sin parir, han sido hogar para otros. Ellas también son madres. Y también son líderes.
A veces creo que no hemos comprendido del todo lo que significa ese liderazgo. Porque es el más completo y, paradójicamente, el más invisibilizado. Ellas toman decisiones en la incertidumbre, resuelven crisis con escasos recursos, sostienen familias enteras con una mezcla asombrosa de intuición, fe y cansancio. Y lo hacen sin garantías, sin salario, sin horario. ¿Dónde se enseña eso?
Ella. La que no asistió a foros ni lideró reuniones, pero supo dirigir con una mirada, con una palabra oportuna, con ese “todo va a estar bien” que aún hoy nos sostiene cuando tambaleamos.
Ahí está todo. No se trata de saber. Se trata de seguir. De amar sin contratos, de dar sin esperar, de resistir sin testigos. Ese acto cotidiano, muchas veces solitario e invisible, es el mayor acto de liderazgo que conozco.
Las madres —biológicas o del corazón— no solo administran casas. Administran emociones, tiempo, silencios, energía, sueños rotos y esperanzas renovadas. Sostienen imperios invisibles: de cuidados, de memorias, de dignidad. Y lo hacen con lo que hay, a veces con muy poco, pero siempre con todo el amor.
Mientras afuera se habla de inteligencia emocional como una habilidad para líderes del siglo XXI, ellas ya la practicaban desde siempre: leer gestos, decodificar silencios, calmar tormentas sin palabras. Nos enseñaron a confiar, a cuidar, a perdonar. Nos enseñaron, sin proponérselo, a ser humanos.
Pero a veces ese liderazgo duele. Porque muchas madres —de sangre o de elección— lideran en silencio, en soledad, con miedo y sin aplausos. Duele porque sus esfuerzos se vuelven paisaje, porque no siempre se agradece, porque no siempre se ve.
Por eso, hoy no quiero que sea un día más.
Hoy quiero invitarte a regalar presencia. A detenerte. A escuchar. A mirar a esa mujer que te sostuvo —en cuerpo o en alma— y reconocerla como lo que es: tu primera líder. No solo con flores o mensajes de WhatsApp, sino con actos que digan “te veo, te valoro, gracias por no rendirte”.
Y si ya no está, hónrala viviendo con la dignidad, la empatía y el coraje que ella te enseñó.
Yo también soy madre. Y lo digo desde un lugar profundo: no hay título más desafiante ni más transformador. Porque ser madre es liderar sin reconocimiento, es apostar a lo incierto, es sostener el mundo sin que nadie lo note.
Porque madre no es solo quien da la vida, sino quien la sostiene, la transforma y la multiplica con amor. Y ese, sin duda, es el liderazgo más puro y valiente que existe
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