Hace exactamente tres años, el 24 de mayo de 2022, tomé una de las decisiones más difíciles y transformadoras de mi vida: someterme a una cirugía de bypass gástrico. No fue un impulso. Tampoco una varita mágica. Fue la consecuencia inevitable de una batalla silenciosa que empezó mucho antes, cuando tenía apenas 14 años, y la diabetes tipo 2 irrumpió en mi vida sin aviso ni permiso.
Desde entonces, viví atrapada en una montaña rusa de peso y emociones.
Subidas y bajadas que se sentían como estaciones del alma: impredecibles,
agotadoras, llenas de promesas rotas. Seguí dietas como quien persigue una
salvación, hice ejercicio con la esperanza de encajar, pero los atracones
emocionales volvían, como fantasmas que se alimentaban de mi ansiedad y mis
vacíos.
A los 36 años, mi cuerpo era un mapa de batallas no contadas. Me sentía
cansada, sí, pero lo que más dolía era la sensación de estar sobreviviendo en
lugar de vivir. Y aunque nunca pensé en rendirme, temía que la enfermedad me
arrebatara los años que quería compartir con mi hija, con mi familia, con la
mujer que aún soñaba con vivir en plenitud.
No fue una decisión fácil, pero fue la más valiente: elegirme. Elegirme
para estar bien. Para tener energía. Para abrazar la vida con dignidad y
esperanza. Fue un acto de amor propio, quizás el primero genuino que me había
dado en mucho tiempo. Y en ese gesto, frágil pero decidido, comenzó el
verdadero camino de regreso a mí.
Entonces conocí al Dr. Ronnal Vargas, un cirujano bariátrico y metabólico
que no solo veía cuerpos, sino las historias que esos cuerpos callaban. Me
habló con franqueza, con humanidad, con esa mezcla de ciencia y alma que te
cambia. Me dijo: “Vamos a operar tu estómago, no tu mente. El cambio físico
te ayudará, pero el verdadero trabajo es emocional.” Y esa frase me
atravesó como una verdad imposible de ignorar.
El primer año fue de adaptación. Reaprender a comer. Escuchar a mi cuerpo
sin miedo. Abrazar cada cambio físico y emocional como parte de un proceso, no
como castigo. Comprendí que la cirugía no era el final, sino apenas la llave
que abría una nueva puerta.
El segundo año fue de equilibrio. Mi salud comenzó a estabilizarse, la
energía volvió poco a poco, y con ella una sensación de posibilidad que hacía
tiempo no sentía. Por fin, empecé a cosechar lo sembrado. No solo lo vi en el
espejo, lo sentí en el alma.
Y este tercer año, el que culmina hoy, ha sido el más honesto y desafiante.
No peleé con el hambre, sino con los vacíos. No vencí a la comida, sino a los
miedos. Me enfrenté a mis “cucos” mentales, a esas creencias tóxicas que me
susurraban que no era suficiente. Y, paso a paso, empecé a reconstruirme desde
dentro.
Hoy, 24 de mayo de 2025, no solo celebro una fecha. Celebro mi
renacimiento. He perdido peso, sí. Pero lo que verdaderamente gané fue vida.
Vida con mayúsculas. Mi diabetes está en remisión, mis riñones han dejado de
gritar auxilio, y mi corazón —ese que tantas veces se sintió roto— late con
esperanza renovada.
Por primera vez en mucho tiempo, me miro al espejo y no me juzgo. Me
reconozco. Veo a una mujer que resistió cuando todo dolía, que lloró en
silencio y aun así no se detuvo. Una mujer fuerte, valiente, y por fin, en paz.
Porque más allá del cuerpo, sané el alma. Y eso no se mide en kilos, sino en
amor propio.
Esta no es solo mi historia. Es la historia de muchas mujeres que libran
guerras invisibles mientras sonríen por fuera. Mujeres que se levantan todos
los días con juicios sobre sus cuerpos, con enfermedades que no se ven, con
batallas internas que nadie aplaude. A ellas les digo: no están solas. Pedir
ayuda no es debilidad. Es un acto profundo de dignidad y amor.
Agradezco con todo mi ser al Dr. Vargas y a su equipo por acompañarme en
este viaje. Pero, sobre todo, me agradezco a mí. Por no rendirme. Por elegirme.
Por haber tenido el coraje de mirar mi dolor de frente, y convertirlo en luz.
Porque cada 24 de mayo, a partir de ahora, será un recordatorio de que
reescribí mi historia… y esta vez, lo hice desde el amor.
Soy Paola Cortez, sí, la profe Pao, y esta es una parte muy íntima de mi historia. La escribo no solo como mujer, madre y profesional, sino como alguien que decidió volver a empezar. Porque enseñar también es compartir lo vivido, y sanar es abrir la palabra para que otras también se reconozcan. Cada historia de transformación comienza con una decisión. Esta fue la mía.
Si algo de lo que has leído resonó contigo, si has vivido una batalla similar o
conoces a alguien que la esté librando, me encantaría leerte.
¿Te has sentido alguna vez como yo? ¿Qué aprendiste de tu propia lucha?
Déjame tu
comentario… porque sanar también es contar, escuchar y saberse acompañada. 💬💖

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