Hace poco vi a un niƱo de tres aƱos llorar. No porque se hubiese caĆdo o porque su helado se hubiera derretido, como ocurrĆa en esos viejos tiempos en los que los niƱos lloraban por cosas tangibles. Lloraba, desesperado, con una angustia primitiva, porque se le habĆa acabado la baterĆa del celular. El suyo. Propio. Personal. Con forro de dinosaurio. Con clave de seguridad y todo.
Y no es un caso aislado: en las calles de Ecuador —esas donde aĆŗn hay vendedores de helado, pero cada vez menos niƱos que lo saboreen mirando al cielo— es comĆŗn verlos. PequeƱos zombis de ojos cuadrados, con los pulgares entrenados para deslizar, pausar, dar like, cerrar anuncios, buscar en YouTube “videos de dinosaurios que comen gente”. No es ciencia ficción ni parte de un guion distópico. Es lunes por la tarde. Es la nueva normalidad.
SegĆŗn el INEC, ya en 2019 el 11% de los menores de 15 aƱos tenĆa un celular activado. Activo, funcional, vibrando y notificando. Cuatro aƱos despuĆ©s, esa cifra probablemente se multiplicó como los videos de TikTok. Y no es solo un nĆŗmero: es una advertencia. Porque darles un celular a los niƱos no es simplemente un gesto moderno o una solución rĆ”pida para que no molesten en la sala de espera, en el restaurante o en el auto; es, en muchos casos, el inicio de una relación tóxica con una pantalla que les ofrece todo... excepto silencio.
La nomofobia —esa palabra que suena a enfermedad de ciencia ficción, pero que ya forma parte del lĆ©xico pediĆ”trico moderno— es el miedo irracional a estar sin el telĆ©fono móvil. Y sĆ: irracional, pero epidĆ©mico. Irracional como que un niƱo de seis aƱos diga que “sin su tablet no puede dormir”. Irracional como que una madre diga con orgullo: “Mi hijo aprendió a hablar con YouTube”, como si los algoritmos fueran mejores maestros que una conversación con abuelos.
En las ciudades, la tecnologĆa invade todo como el polvo fino: se mete en las mochilas, en los parques, en las aulas. En el campo, donde la conectividad es menor, la aspiración es igual o mayor. Porque no hay nada mĆ”s contagioso que el deseo, y el celular se ha convertido en un sĆmbolo de estatus incluso entre quienes no tienen agua potable. No exagero. Lo he visto.
El problema no es la tecnologĆa —esa excusa ya estĆ” gastada— sino lo que hacemos con ella. O peor aĆŗn, lo que dejamos de hacer por ella. Porque mientras los niƱos aprenden a deslizar antes que a escribir su nombre, olvidamos que el desarrollo humano —ese proceso lento, torpe, lleno de preguntas sin Google— necesita otras cosas: juguetes, pelota, libros de hojas reales, amigos de carne y hueso, padres presentes sin filtros de Instagram.
Estudios varios —que no citaremos para no parecer una tesis— coinciden en que el uso excesivo de pantallas en la infancia se asocia con ansiedad, depresión, dĆ©ficit de atención y una preocupante incapacidad para mirar a los ojos. Y es que mientras mĆ”s se mira la pantalla, menos se ve al otro. AsĆ de simple. AsĆ de brutal.
Pero claro, es mĆ”s fĆ”cil callar a un niƱo con una pantalla que con una historia. MĆ”s cómodo darle una tablet que enseƱarle a aburrirse —esa habilidad en extinción que tanto fomenta la creatividad—. MĆ”s sencillo comprarle el Ćŗltimo modelo que sentarse a hablar sobre lo que le pasa, lo que sueƱa, lo que teme.
¿Y los padres? Ellos tambiĆ©n estĆ”n ocupados, atrapados en su propio scroll infinito. Porque el problema no es solo infantil. La nomofobia es una epidemia intergeneracional: padres que miran pantallas mientras sus hijos miran otras pantallas. Familias que conviven en silencio digital. Cenas sin conversación, pero con WiFi.
¿QuĆ© hacemos? Tal vez empezar por lo mĆ”s revolucionario: apagar. SĆ, apagar. La pantalla. El noticiero. El juego. El ruido. Y prender la conversación. El paseo. El cuento antes de dormir. El aburrimiento. Porque el mundo, ese que no cabe en una pantalla de 6.5 pulgadas, sigue allĆ” afuera esperando.
La infancia no puede ser una etapa subsidiada por YouTube. Ni una eterna pasividad frente a los reels. Hay que devolverles la posibilidad de descubrir, explorar, mancharse, equivocarse y, sobre todo, de desconectarse. Porque si seguimos asĆ, lo que temerĆ”n no serĆ” quedarse sin celular, sino quedarse sin alma.
Y entonces sĆ, no habrĆ” cargador que nos salve.
Pero claro, esto no es un sermón, ni una condena. Es, apenas, una provocación. Un intento de pensar en voz alta —o en letras— sobre lo que estamos normalizando sin darnos cuenta. ¿Y tĆŗ? ¿QuĆ© piensas? ¿Hasta quĆ© punto has negociado con la pantalla la educación o el cariƱo? ¿Dónde marcas tus propios lĆmites y los de tus hijos, tus estudiantes, tus sobrinos? ComĆ©ntalo. DiscutĆ”moslo. Tal vez de ese ruido surja algo mĆ”s claro que el brillo del celular a medianoche.

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