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Comunicación sin alma: entre el ruido institucional y la necesidad de sentido

 




Hay palabras que se desgastan por el exceso y otras por el olvido. “Comunicación” pertenece al primer grupo. La escuchamos en discursos institucionales como si fuera una fórmula mágica: mejorar la comunicación interna, optimizar la comunicación estratégica, reforzar la comunicación de crisis. Pero en la práctica, suele traducirse en presentaciones con slogans vacíos, notas de prensa mal redactadas y redes sociales inundadas de contenido sin alma.


He pasado días revisando informes de gestión, comunicados oficiales, campañas públicas y ruedas de prensa. Lo que encuentro es un ecosistema saturado de palabras, pero escaso de sentido. La comunicación eficaz —aquella que transmite con claridad un mensaje— parece diluirse entre tecnicismos. Y la comunicación eficiente —la que optimiza recursos para lograr impacto— se confunde, muchas veces, con precariedad e improvisación.


En Ecuador, los gabinetes de comunicación suelen funcionar más como oficinas de propaganda que como espacios estratégicos. La eficacia se mide en “likes”, la eficiencia en cantidad de publicaciones semanales. Los relacionistas públicos son convocados a última hora, como bomberos de emergencia, cuando estalla un escándalo o hay que "limpiar la imagen" de una autoridad cuestionada. El error es estructural: se sigue entendiendo la comunicación como una herramienta puntual, no como una estrategia transversal ni como parte de la cultura organizacional.


Una comunicación realmente eficaz no se limita a transmitir un mensaje. Genera comprensión mutua, construye confianza y alinea intereses. Una comunicación verdaderamente eficiente no consiste en producir más boletines por hora, sino en lograr impactos reales con recursos optimizados. Y para ello, es indispensable escuchar. Escuchar con atención radical.


La eficiencia comunicacional bien entendida implica conocer el contexto, interpretar los lenguajes simbólicos del territorio y comprender las lógicas sociales. En un país tan diverso como el nuestro, no se puede comunicar para todos de la misma manera. Lo que resuena en un barrio urbano marginal de Guayaquil no es lo mismo que moviliza a una comunidad kichwa en el Napo o a un colectivo en la provincia de Santa Elena. No basta con decir. Comunicar implica reconocer al otro, dejar de hablar desde la arrogancia de quien asume que basta con enunciar para ser entendido.


Desde las relaciones públicas, esta distinción es fundamental. No se trata únicamente de gestionar la imagen institucional, sino de construir vínculos auténticos con los públicos. Y allí reside otro de los grandes errores: seguimos pensando en “el público” como algo externo, cuando en realidad forma parte activa del proceso comunicativo. ¿Cómo puede haber relaciones públicas si la relación es unidireccional, fría, instrumental?


La comunicación eficaz en Ecuador necesita liberarse del lastre de la burocracia. ¿Cuántas veces hemos visto mensajes institucionales cargados de jerga, tecnicismos y frases hechas que nadie comprende? Comunicamos para encubrir, no para revelar. Comunicamos para adornar, no para conectar.

En esta línea, vale recordar a la profesora chilena Ximena Illanes, quien sostiene que “la eficacia de la comunicación en relaciones públicas no se mide solo por la cobertura, sino por su capacidad de sostener relaciones en el tiempo” (Illanes, 2021). Y también a James Grunig, cuyo modelo bidireccional simétrico sigue siendo un faro en medio de tanta neblina: se trata de comunicar para entender, no solo para persuadir.


Pero ¿cuál es el obstáculo principal para esta comunicación estratégica en nuestro contexto? Uno de los más relevantes es la falta de formación especializada. Según el Observatorio de la Comunicación de Ecuador (2023), apenas el 28% de quienes ejercen funciones de comunicación institucional tienen estudios específicos en relaciones públicas o comunicación estratégica. El resto —como bien sabemos en los pasillos universitarios— ha aprendido “en la cancha”, con buena voluntad, pero sin herramientas técnicas ni metodologías sólidas.


Otro problema estructural es la dependencia política de los discursos. Muchas oficinas de comunicación institucional operan como extensiones de la propaganda oficial, donde el criterio técnico se subordina al cálculo electoral. En este modelo, la eficacia se sacrifica en el altar del eslogan y la eficiencia se transforma en censura presupuestaria: si no hay campaña, no hay recursos; si el mensaje no favorece al poder, se descarta.


Leila Guerriero dice que el periodismo es mirar lo que todos miran y ver lo que nadie ve. Las relaciones públicas deberían asumir una ética similar: comunicar lo que todos dicen, pero con un tono, una narrativa, una estrategia capaz de visibilizar lo invisible. Porque comunicar también es una forma de justicia: la de dar voz, de propiciar el encuentro, de abrir espacios de diálogo donde otros solo levantan trincheras.


En estos días de campañas, marchas, protestas y silencios institucionales, la comunicación pública en Ecuador no puede reducirse a una buena redacción o a un video bien editado. Debe ser un puente. Debe convertirse —como decía una colega manabita— en “un acto de cariño institucional”. No esa dulzura hipócrita del estimado usuario, sino la mirada honesta del que reconoce al otro como interlocutor legítimo.


Comunicar eficazmente es también asumir la responsabilidad de lo que se dice y de sus consecuencias. En tiempos de desinformación, posverdades y rumores virales, eso es un acto radical.

Desde las relaciones públicas, debemos volver a lo esencial: una comunicación relacional antes que promocional, estratégica antes que estética, ética antes que efectista. Porque en este país donde el ruido confunde y los silencios ocultan, comunicar con verdad, a tiempo y con respeto no es solo una estrategia: es un acto de resistencia ética. Y tú, ¿Cómo crees que deberíamos comunicar en tiempos como estos?

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