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Fe en la marea del país: cuando la cruz también guía el rumbo político




Mientras una cruz de madera es sumergida en el mar de Ballenita, muchas personas cierran los ojos y oran por salud, por trabajo, por justicia. Algunos apenas murmuran una petición: “que no nos falte la esperanza”. Es Martes Santo y el Baño de la Cruz, esa ceremonia de fe que se repite desde hace más de cinco décadas en Santa Elena, vuelve a recordarnos que la espiritualidad en Ecuador no solo está en los templos, sino también en las playas, en los barrios, en la vida cotidiana.


Y es en medio de esta religiosidad popular donde también se entrelazan otros rezos más seculares, casi susurrados: que baje la violencia, que haya comida en la mesa, que la corrupción no siga robándose el futuro. La Semana Santa nos invita al recogimiento, sí, pero también nos confronta con la necesidad de tomar decisiones. Y este 2025, lo espiritual no está divorciado de lo político.


En los últimos meses, Ecuador ha sido escenario de una nueva ronda electoral marcada por el desencanto y la incertidumbre. En este contexto, la fe —más allá de sus manifestaciones religiosas— se convierte en una forma de resistencia. Fe en que elegir vale la pena. Fe en que un nuevo liderazgo pueda traer días distintos. Fe en que el país, como esa cruz mojada por las olas, puede salir purificado y más fuerte si la ciudadanía se mantiene firme, crítica y activa.


Las procesiones del Cristo del Consuelo en Guayaquil o del Jesús del Gran Poder en Quito no solo son actos litúrgicos: son rituales de identidad que nos recuerdan el poder del colectivo, de caminar juntos, incluso cuando el camino es cuesta arriba. No es casual que en cada uno de estos recorridos haya una mezcla de dolor, silencio, plegarias… y también esperanza.


La visita a las siete iglesias, otra tradición de Jueves Santo, implica un esfuerzo físico, pero sobre todo simbólico. Es una ruta de fe que también puede leerse como una metáfora del país: un Ecuador que peregrina, que no ha perdido del todo la capacidad de buscar algo mejor, aunque cada estación revele heridas que aún no cierran.


En esta Semana Santa no deberíamos limitarnos a contemplar desde lejos. Cada paso, cada vela encendida, cada cruz llevada en hombros nos interpela: ¿Qué país queremos cargar, y hacia dónde lo estamos llevando?


Porque en un país donde las cifras de inseguridad crecen, donde los jóvenes migran sin retorno y las madres oran por sus hijos desaparecidos, hablar de fe no es evasión. Es política en su sentido más profundo: un acto de esperanza activa. No basta rezar para que el país cambie; hay que caminar, elegir, exigir, construir.


Ojalá quienes hoy cargan la cruz en las procesiones, también se animen a levantar la voz en la vida pública. Ojalá que la misma devoción que acompaña los rituales religiosos, acompañe también las decisiones cívicas. Porque solo así, con fe en Dios y compromiso con la tierra, podremos dar el salto que tanto anhelamos como sociedad.


Y tal vez, solo tal vez, cuando el próximo Baño de la Cruz nos encuentre en las orillas de Ballenita, podamos agradecer no solo por los milagros recibidos, sino también por los pasos que dimos como pueblo. Porque la fe, en tiempos de crisis, es mucho más que rezar: es creer que Ecuador merece, de verdad, días mejores.


🙏 Y tú, en qué crees cuando todo parece tambalear?

¿La fe puede ser también una forma de cambiar el país? Te leo en los comentarios. Siempre es buen momento para reflexionar juntos.

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