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Cuando vivir agota: el burnout de una generación que no descansa

En este país que madruga sin que le paguen la hora extra, ser estudiante ya es un deporte de alto riesgo. Pero súmale ser trabajadora, cuidadora, madre, hija... y si le queda algo de tiempo, persona. Así me la encontré el otro día: con los ojos cansados, la voz temblorosa y un “sí profe, ya le entrego” que dolía más de lo que decía.

No era falta de compromiso. Era burnout. Ese agotamiento que no se quita con dormir —porque ni eso se puede hacer bien cuando la cabeza no se apaga. Era ese cansancio que se acumula como polvo en las esquinas del alma, que no se ve en la libreta de calificaciones pero pesa en cada paso, en cada suspiro contenido.

Ella —como tantas y tantos— está atrapada en la rueda de la triple jornada: estudia, trabaja, cuida, resuelve, sobrevive. Y en medio de eso, le exigen excelencia, puntualidad, productividad, motivación. ¿De dónde, me pregunto, se supone que deben sacar fuerzas estas juventudes que viven con la agenda desbordada y el corazón al borde?

A veces, lo que las mantiene en pie no es la disciplina, ni las frases inspiracionales de Pinterest, ni los podcasts de “cómo ser exitoso en 5 pasos”. Es el abrazo silencioso de una madre que también carga lo suyo. Es la sonrisa de un hijo que no entiende de facturas pero intuye el cansancio. Es ese “ya falta poco” que se repiten para no caer.

Aquí, en Ecuador, la creatividad para sobrevivir se ha vuelto una destreza no reconocida: hacen feria con diez dólares, trabajan desde el celular prestado si no hay laptop, escriben ensayos en la fila del banco o en el transporte público. Y nosotros, docentes, a veces no alcanzamos a ver que más allá de la entrega tardía o el apagón en clase, hay una vida en crisis sosteniéndose con hilos.

En este sistema que romantiza la multitarea y glorifica el sacrificio, nadie les dice que el precio se paga en salud mental. Se les exige orden, pero no se les escucha. Se les felicita por “ser fuertes”, pero no se les permite ser vulnerables.

Las universidades piden excelencia, los empleadores resultados, la familia presencia. Y ellos… ellos se están olvidando de sí mismos.

¿Y si, en lugar de aplaudir la sobrecarga, empezamos a validarla? ¿Y si como docentes dejamos de preguntar por qué no rindieron igual y empezamos a preguntar cómo están? Tal vez la inspiración no se trata de seguir produciendo, sino de resistir con ternura. De enseñar que también es valiente quien se detiene, quien se da permiso para llorar, para decir “ya no puedo”, para desconectarse antes de desaparecer.

A veces la fuerza nace del cansancio, cuando, en medio del agotamiento, encuentran una comunidad que no juzga. Porque sí, este país está en crisis, pero también tiene su resistencia tejida con abrazos, con sopas calientes, con amigas que mandan memes a las 2AM para recordarte que no estás sola.

Como docente, no tengo todas las respuestas. Pero sí tengo la responsabilidad de no ignorar los silencios. Porque detrás de cada estudiante agotada hay una historia que merece ser escuchada, y quizás —solo quizás— acompañada.

Desde este rincón de palabras, les habla la profe Pao —con el corazón apretado y la voz en alto— porque no podemos seguir normalizando que vivir agote. Esta columna no busca soluciones mágicas, pero sí abrir el diálogo que tanto necesitamos en nuestras aulas, casas y trabajos. Si te sentiste reflejada, si conoces a alguien que camina con el alma cansada o si tienes algo que decir desde tu propia experiencia, te invito a dejar tu comentario. Aquí nadie juzga: aquí compartimos, nos leemos y resistimos juntxs. ¿Y tú, cómo estás realmente?

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