En los pasillos de la universidad, en los grupos de WhatsApp de clase o en
las sesiones de tutoría, no es raro escuchar: “Ese estudiante siempre cuestiona
todo”, o “Esa chica tiene un carácter complicado”. Curiosamente, estas frases
no suelen referirse a actitudes irrespetuosas o desafiantes, sino a jóvenes que
se atreven a pensar diferente, que no aceptan una verdad sin antes analizarla,
o que simplemente se niegan a ser parte de una lógica que premia la sumisión
disfrazada de "buena actitud".
Y entonces, vale la pena detenerse a reflexionar: ¿estamos formando
profesionales obedientes o ciudadanos con pensamiento crítico? ¿Estamos
cultivando talentos que se adaptan a todo… o voces que pueden transformar su
entorno?
La imagen de Mafalda, tan
vigente como certera, nos confronta: “¿Has notado que cuando NO te dejas
pisotear, la gente comienza a decir que tienes un carácter difícil?”. Esta
frase, aparentemente simple, desnuda una realidad que también se vive dentro de
las aulas universitarias: cuando un estudiante no se conforma, cuando
cuestiona, cuando exige respeto o coherencia institucional, es rápidamente
etiquetado como conflictivo.
En muchos contextos académicos, aún se privilegia la pasividad sobre la participación,
el asentir sobre el debatir, la memorización sobre la reflexión. Pero si la
universidad es el espacio por excelencia para la construcción de pensamiento
libre, ¿por qué entonces a veces penalizamos el disenso? La preparación
profesional no debería limitarse a saber hacer, sino también a saber decir no.
No a la injusticia. No al plagio normalizado. No a la violencia simbólica. No a
la discriminación, ni al abuso de poder.
Educar en la universidad es, también, enseñar a poner límites. No se trata
de formar estudiantes complacientes, sino personas con criterio, con voz
propia, capaces de argumentar, de disentir, de cuestionar. Porque si algo
necesita este país, esta región, es una generación de profesionales que no
tengan miedo de incomodar cuando la ética lo exija.
Como docentes, debemos revisar nuestras propias prácticas. ¿Escuchamos o
solo evaluamos? ¿Abrimos espacios para el diálogo o nos incomodan las preguntas
difíciles? ¿Formamos líderes críticos o repetidores de fórmulas? No podemos
seguir perpetuando modelos de enseñanza que premian la obediencia ciega, cuando
lo que urge es una educación que libere, que empodere, que prepare para actuar
con integridad en entornos inciertos.
Y sí, puede que a estos estudiantes los llamen "tercos",
"intensos", "problemáticos". Pero son ellos quienes
cuestionan estructuras caducas, quienes levantan la voz ante la injusticia
académica o administrativa, quienes exigen coherencia entre el discurso y la
práctica. Son, en realidad, quienes más honran el verdadero sentido de una
formación universitaria: prepararse no solo para un empleo, sino para incidir.
Formar carácter en la universidad es también formar conciencia ciudadana. Y
si eso implica ser etiquetado como de “carácter difícil”, entonces bienvenida
sea esa dificultad que incomoda, pero que también despierta. Porque el futuro
no necesita más profesionales sumisos… necesita líderes preparados, valientes,
comprometidos y éticamente firmes.
¿Y tú, cómo defines el carácter en el aula universitaria?
¿Formas para cumplir… o para transformar? Te
leo. ✍️

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