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¿Indiferencia o decisión? Una mirada democrática a la segunda vuelta electoral







En tiempos de campaña, las calles se llenan de banderas, los noticieros de promesas y las redes sociales de confrontaciones. Pero hay un momento —breve, casi íntimo— justo antes del silencio electoral, donde emergen las preguntas más profundas, esas que rara vez se gritan, pero que laten con fuerza: ¿De verdad importa mi voto? ¿Estoy eligiendo o simplemente evitando algo peor? ¿Quedarme en casa también cuenta?.


Este dilema, tan humano como político, es el que atraviesa el alma de la segunda vuelta electoral. Un mecanismo que, en teoría, busca asegurar legitimidad democrática, pero que en la práctica se convierte muchas veces en un espejo de nuestras fracturas colectivas. No basta con asegurar que este sistema garantiza gobernabilidad. La pregunta real es: ¿Qué tipo de gobernabilidad construimos cuando votamos con el corazón roto o la esperanza a medias?


En Ecuador, como en varios países de América Latina, la segunda vuelta es tan esperada como temida. Esperada, porque promete una definición clara; temida, porque obliga a decidir entre dos opciones que, muchas veces, no representan plenamente nuestras aspiraciones. El resultado: una ciudadanía dividida entre votar por el “mal menor”, anular su voto como forma de protesta, o simplemente abstenerse como grito silencioso.


Elegir al "mal menor" no es una estrategia nueva. Es una decisión emocional, casi instintiva, de autoprotección democrática. No se vota con entusiasmo, sino con cautela, con miedo. Se escoge no al mejor, sino al menos dañino. En contraste, el voto estratégico es más racional: se calcula qué opción puede abrir un futuro menos incierto, evitar un retroceso o, al menos, permitir incidencia desde otros espacios. Ambas formas de votar son válidas, pero inquieta que el elector tenga que moverse entre extremos defensivos, en lugar de ejercer su voto desde la convicción, la ilusión o la certeza de estar aportando a un proyecto compartido.


Y entonces, ¿Dónde quedó la política como espacio de sueños colectivos?

No es casual que en las últimas segundas vueltas en Ecuador haya aumentado el voto nulo. En 2021, más de 1.7 millones de personas —el 16.3%— decidieron no escoger entre Arauz y Lasso. En 2023, la historia se repitió, con un 13.5% de votos nulos entre Noboa y González. Estos números no solo son estadística, son mensajes, gritos mudos que expresan desilusión, desconfianza, cansancio. Son decisiones, no indiferencia. Y como tales, merecen ser escuchadas.


Y ahí está el meollo: en democracia, hasta la abstención comunica. Pero ¿comunica a quién? ¿Tenemos líderes que sepan leer el silencio electoral? ¿Medios que no se limiten a contar votos, sino que escuchen lo que expresan?


Lo que está en juego en una segunda vuelta va mucho más allá de los nombres impresos en la papeleta. Lo que se define es el modelo de país que queremos habitar. No se trata únicamente de izquierdas y derechas, de correísmo y anticorreísmo, de lo viejo contra lo nuevo. Se trata de decidir cómo queremos vivir, trabajar, estudiar, cuidarnos. Se trata de elegir si queremos más Estado o más mercado; más justicia social o más disciplina fiscal; políticas inclusivas o agendas conservadoras.


En esta encrucijada, ningún camino es fácil. El progresismo puede prometer equidad, pero arrastra temores sobre concentración de poder. El liberalismo puede traer inversión, pero con el riesgo de dejar atrás a los más vulnerables. El votante, consciente de estas tensiones, vota con cautela, como quien camina sobre vidrio.


Votar es apenas el comienzo. Elegir a un presidente no es transferir responsabilidad, sino delegarla temporalmente. La verdadera democracia se construye después de las urnas: en la vigilancia ciudadana, en el debate público, en la exigencia de coherencia. Si el voto se vuelve una decisión obligada, que al menos sea el primer paso de una ciudadanía activa, no el punto final de un deber cumplido.


Porque sí, la segunda vuelta también es una prueba moral. Nos desafía como comunidad política a preguntarnos si estamos dispuestos a convivir con la diferencia, a construir desde el disenso, a defender la democracia incluso cuando no nos gusta su resultado. La respuesta a esas preguntas no se da en las urnas, sino en lo que hacemos después.


La segunda vuelta no va a desaparecer. Pero lo que sí podemos cambiar es el modo en que la vivimos. Necesitamos más educación cívica, más espacios de deliberación, menos miedo y más propuestas. Que el voto no sea un acto desesperado, sino un gesto de confianza. Que elegir no duela tanto.


En una democracia sana, nadie debería verse forzado a escoger entre dos males. Y si llegamos a ese punto, no culpemos solo al sistema electoral. Miremos más profundo: a los partidos que se desconectaron de la ciudadanía, a los liderazgos que priorizan el poder sobre el bien común, a los medios que olvidaron su rol de mediadores, y también a nosotros, que a veces preferimos callar antes que participar.


¡Y ahora te leo a ti! 👀💬
¿Qué opinas tú sobre la segunda vuelta electoral? ¿Has sentido que votas con convicción o con resignación? 


Hablemos sin filtros, con respeto y con esa mirada crítica que tanto necesita nuestro país. Porque el voto se piensa, pero también se conversa.

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