Concepto: La comunicación es un concepto amplio y elástico, que se desliza constantemente entre la polisemia, la ambigüedad y la multidimensionalidad. Lejos de ser un fenómeno unívoco, se manifiesta en múltiples lenguajes, medios y contextos, adquiriendo sentidos diversos según quién comunica, a quién se dirige y con qué propósito. En ella convergen la palabra, el silencio, el gesto y la imagen, dando lugar a interpretaciones plurales que revelan tanto lo explícito como lo implícito del acto comunicativo.
La comunicación, ese viejo arte de hilvanar significados, nunca ha sido una línea recta. Es, más bien, una danza entre intenciones, contextos y emociones. Como fenómeno elástico, se estira entre lenguajes y soportes, se escurre entre lo dicho y lo callado, entre el gesto y la palabra. Hoy, en plena era digital y algorítmica, esa danza ya no se baila solo entre humanos: los sistemas de inteligencia artificial han sido invitados al escenario. Y no siempre con música armoniosa.
Comunicamos con palabras, sí, pero también con silencios. Con emoticones, con memes, con audios de 2 minutos, con selfies filtradas. Cada forma contiene un universo de posibles significados que varía según quién lo emite, a quién se dirige y desde qué cultura, contexto o emoción lo hace. La comunicación no es unívoca. Nunca lo fue. Pero ahora, en este océano de sobreinformación y de relaciones mediadas por pantallas, se multiplica su ambigüedad. ¿Estamos más conectados? Sí. ¿Estamos mejor comprendidos? Tal vez no tanto.
La interacción, entendida como ese ir y venir de sentidos entre interlocutores, también ha cambiado. Ya no siempre es sincrónica, ni necesariamente humana. ¿Qué ocurre cuando quien “responde” no es una persona, sino un chatbot? ¿Cuándo quien “escucha” no tiene oídos, sino algoritmos que predicen lo que queremos decir? La inteligencia artificial ha entrado a jugar un papel en esta conversación infinita que es la comunicación, alterando sus ritmos, sus formas y sus intenciones.
Y es que la IA no solo reproduce mensajes. También los interpreta, los clasifica, los jerarquiza y hasta los crea. Desde asistentes de voz hasta herramientas que redactan artículos o simulan conversaciones, los sistemas inteligentes modelan interacciones cada vez más naturales, pero no necesariamente humanas. Y ahí está el dilema: confundimos interacción con comprensión. Pensamos que una máquina que responde fluidamente ya nos “entiende”. Pero no lo hace. Solo calcula probabilidades.
Por eso, el desafío no es tecnológico. Es ético, cultural y pedagógico. ¿Qué tipo de comunicación promovemos cuando delegamos la escucha a una IA? ¿Qué se pierde cuando el diálogo se automatiza y se sacrifica el silencio reflexivo en favor de una respuesta inmediata? ¿Estamos enseñando a los jóvenes a interactuar con sentido crítico, o solo a obtener resultados rápidos?
La elasticidad de la comunicación no es una debilidad. Es su mayor fortaleza. Porque nos obliga a leer entre líneas, a interpretar contextos, a preguntar antes de asumir. Pero también nos enfrenta al reto de enseñar a comunicar con propósito en un entorno donde los significados ya no se construyen sólo entre personas, sino también entre personas y máquinas.
Frente a esto, necesitamos menos respuestas automáticas y más preguntas humanas. Más alfabetización mediática, más ética comunicativa, más empatía interactiva. Porque aunque la IA haya aprendido a hablar nuestro idioma, la responsabilidad de entendernos sigue siendo nuestra.
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