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La coreografía oculta de las olimpiadas escolares

¿Te has detenido alguna vez a pensar qué hay detrás de esas coreografías que los niños presentan en las olimpiadas escolares? A simple vista parecen un desfile de pasos sincronizados, trajes coloridos y música contagiosa. Pero si miramos con atención, descubrimos que no se trata solo de un show, sino de un proceso cargado de aprendizajes invisibles que marcan a los pequeños —y también a sus familias— para toda la vida.

Los ensayos, que a veces parecen interminables, se convierten en un verdadero laboratorio de destrezas. Allí, los niños ejercitan la retentiva, repiten movimientos hasta grabarlos en su memoria corporal, aprenden a seguir patrones y, sin darse cuenta, fortalecen la disciplina. ¿No es acaso este un aprendizaje tan valioso como el que adquieren en el aula?

Además, la coreografía enseña algo que ningún libro logra transmitir con la misma fuerza: el arte de trabajar en grupo. Porque bailar en conjunto exige coordinar, respetar turnos, escuchar al otro y confiar en que todos cumplirán su parte. La coreografía es, en esencia, una metáfora de la vida en sociedad: si uno falla, todos lo sienten; si uno brilla, arrastra consigo al resto.

Pero hay más. En ese escenario donde se mezclan risas y nervios, surgen talentos inesperados. El niño tímido descubre que tiene un ritmo natural; la niña que parecía distraída, muestra una memoria prodigiosa para recordar pasos complejos; el que se resiste al inicio, termina siendo el líder que anima a los demás. ¿No es fascinante ver cómo el arte abre puertas que muchas veces la rutina escolar mantiene cerradas?

Los movimientos rítmicos no son solo gimnasia; son una experiencia de vida. Cada ensayo enseña paciencia, constancia, tolerancia al error. Cada caída y cada equivocación se transforman en oportunidades para levantarse, reír y volver a intentar. En un mundo donde muchas veces se premia solo el resultado, la coreografía escolar nos recuerda la importancia del proceso.

Y, claro, no podemos olvidar a los padres. Ellos viven la emoción como si cada presentación fuera un estreno mundial. Aplauden, graban, se conmueven, corrigen el paso en casa y, sobre todo, elogian, salga bien o mal. Ese reconocimiento —a veces entre lágrimas, otras entre carcajadas— nutre la autoestima de los niños mucho más de lo que imaginamos. ¿No es ese aplauso, sincero y amoroso, el mejor premio que un hijo puede recibir?

Ahora bien, también hay voces críticas. Algunos padres consideran que se dedica demasiado tiempo a estas coreografías y que eso distrae a los niños de los aprendizajes “serios”. Otros cuestionan la presión que puede generarse, sobre todo cuando los ensayos se vuelven excesivos. Y es verdad: no se trata de que la danza sustituya a las matemáticas ni de convertir a cada niño en un bailarín profesional. Pero tampoco podemos negar que la educación no solo se mide en exámenes, sino en experiencias que forjan carácter, habilidades sociales y recuerdos felices.

Por eso, me atrevo a decir que las coreografías de las olimpiadas escolares son mucho más que un adorno en el calendario educativo. Son un ejercicio de ciudadanía en miniatura, un espacio donde los niños aprenden a convivir, a crear juntos, a superar frustraciones y a disfrutar del logro compartido.

La próxima vez que veas a un grupo de niños ensayando para su presentación, pregúntate: ¿qué están aprendiendo más allá de los pasos? Yo estoy convencida de que allí, en esos movimientos rítmicos y en ese entusiasmo desbordante, se siembran semillas de disciplina, cooperación y confianza que florecerán a lo largo de su vida.

¿Y tú? ¿Aplaudirás solo la coreografía final o también el silencioso aprendizaje que la hizo posible?

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