En la era del vĆ©rtigo informativo, cuando los hechos se diluyen en la inmediatez y las verdades se licĆŗan en la emocionalidad de las redes, hablar de gĆ©neros periodĆsticos parece un ejercicio de nostalgia. Sin embargo, mĆ”s que una clasificación estĆ”tica, los gĆ©neros son hoy un campo de resistencia y reinvención, donde el periodista —aun en la posmodernidad lĆquida— sigue buscando sentido.
Javier DarĆo Restrepo, maestro de Ć©tica y conciencia crĆtica, solĆa decir que el periodista debe ser un buscador incansable de verdad, no de espectacularidad. Pero, ¿Cómo se sostiene esa bĆŗsqueda cuando el reportaje es desplazado por el hilo de Twitter, la crónica por el video vertical, la entrevista por un “live” efĆmero? ¿Dónde quedan la profundidad, el contexto, la investigación? Y sin embargo, contra todo pronóstico, el periodismo sigue respirando —aunque con nuevas mĆ”scaras.
En la posmodernidad, los gĆ©neros no desaparecen, se transforman. La crónica ya no solo se escribe; se escucha, se ve, se experimenta en pódcast narrativos y en series documentales interactivas. La entrevista ha migrado a formatos mĆ”s conversacionales, mĆ”s Ćntimos, donde la espontaneidad es el nuevo capital de credibilidad. El reportaje —ese gĆ©nero de largo aliento— se encuentra cómodo en plataformas de streaming o en newsletters que fidelizan audiencias pequeƱas pero comprometidas. No ha muerto, se ha desplazado.
El problema no es la metamorfosis del gĆ©nero, sino la pĆ©rdida de su función Ć©tica. Porque el reportaje, la crónica, la nota informativa, el editorial, no son meras formas literarias. Son herramientas para construir ciudadanĆa, para fortalecer el pensamiento crĆtico, para invitar a la acción informada. En el periodismo posmoderno, donde reina la fragmentación y la saturación, el peligro mĆ”s real no es el cambio de formato, sino la renuncia al propósito.
Hoy se aplaude al periodista-influencer, al que emociona sin contextualizar, al que opina sin investigar. Se confunde la visibilidad con la relevancia, el alcance con la profundidad. La posmodernidad ha impuesto sus lógicas: lo efĆmero, lo mĆŗltiple, lo contradictorio. Pero aĆŗn dentro de ese caos, el periodismo tiene una responsabilidad que no puede delegar a los algoritmos.
La pregunta que debemos hacernos no es si los gĆ©neros tradicionales han muerto, sino si el nuevo periodismo sigue sirviendo a la verdad o si ha comenzado a servirse de ella. ¿EstĆ”n los nuevos formatos al servicio del ciudadano o del mercado? ¿Alimentan la conversación pĆŗblica o la distraen?
Restrepo nos enseñó que el periodista no puede ser neutral frente al sufrimiento humano, ni indiferente frente a la injusticia. Bajo esa premisa, los géneros no son moldes, sino caminos. Y en esta posmodernidad de pantallas y superficialidades, el periodista debe aprender a usar nuevos zapatos sin perder el rumbo.
Hoy mÔs que nunca, necesitamos cronistas que escuchen con profundidad, reporteros que respiren las calles antes de escribir, entrevistadores que construyan puentes en medio de los abismos ideológicos. No para volver al pasado, sino para asegurar que en este presente confuso, el periodismo siga siendo el oficio de quienes no se resignan a la mentira.
En un ecosistema mediĆ”tico dominado por la instantaneidad, tal vez el mayor acto de rebeldĆa del periodismo posmoderno sea detenerse. Narrar con contexto. Dudar con mĆ©todo. Contar historias con sentido. QuizĆ” entonces, los gĆ©neros —viejos o nuevos— recobren su razón de ser: ayudar a entender el mundo para transformarlo.

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